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Los dueños de la pelota, la cancha y las reglas

Plataformas de homogenización forzada.

Por Pablo Laborde


La película de Netflix The Social Dilemma alerta sobre la potencial adicción que supone el uso de Redes Sociales, y anima a abandonarlas. Habría que examinar el sustento empírico que dispara esta alarma, pero más inquietante que cualquier posible dependencia, es la ultrapasteurización de contenidos de las oligopólicas plataformas de streaming, como la que alberga el propio film. Y tal vez el verdadero peligro no abordado por la película sea el inconmensurable poder que han acumulado las Big Tech, porque, ¿qué ubicuo y todopoderoso ente decide qué veremos y qué no?

Cualquiera que indague un poco encontrará en Netflix no sólo un inocente sitio “para ver películas y series”, sino también una poderosa tarima de propaganda. Casi todo lo allí alojado, y hay que decirlo, a veces de muy buena factura técnica y artística, contiene una bajada de línea, que en general versa sobre la naturalización de determinadas conductas, presentadas como una tendencia secular irrefutable. Esta tendencia, derramada de la agenda “progresista” internacional, pretende instalar —a fuerza de repetición— la idea de una “nueva normalidad”, y en ese camino, arrasa con valores, tradiciones, religiones, estilos de vida, normas, patrones éticos, morales, etcétera. Pero, ¿refleja la típica película netflixiana a las grandes masas poblacionales del mundo tal y como son realmente? O acaso recrea un universo que responde a los intereses de algunos lobbies, y a la trasnochada y caprichosa elite universitaria de izquierda neoliberal. (No, no es un oxímoron esto último).



Los que nacieron en la Matrix no están tan al tanto de que hubo un “afuera”, un mundo más incómodo en el que el arte no venía por un tubo (al menos no todo), sino que andaba por ahí diseminado y podía accederse a él con relativa facilidad, pero no sin un esfuerzo, no sin una voluntad de hacerlo. Y de esa voluntad, derivaba el direccionamiento de la búsqueda y su consecuente elección. Hoy, los Dealers están siempre atentos a abastecer la demanda con una enorme manguera de la que mana una dulce sustancia que a veces ellos mismos fabrican, y eso es algo que los picarones de TSD omiten.



En este futurismo a lo Orwell, a lo Huxley, a lo Brazil de Terry Gilliam, los grupos económicos que operan la cultura son hábiles para vender la “revolución” y amordazar “la” revolución, y sobre todo, astutos para desalentar la reflexión individual y crítica, y fomentar el pensamiento único; porque el colectivismo les viene como anillo al dedo por ser exponencialmente más redituable: es más fácil vender dos colores de pañuelo que producir para todo el Pantone. Y el problema con estos colectivos es que muchas veces terminan atropellando al individuo: los razonamientos más complejos, a veces los que se acercan más a la verdad, o por lo menos a un equilibrio, mueren con la polarización. Famoso es ya el truquillo de algunos partidos políticos de incorporar facciones de izquierda y de derecha para alzarse con la mayoría del electorado.



Y este fenómeno se concatena con otro: el flujo constante y copioso que drena por esa manguera hace que el consumidor despreocupado no tenga respiro para preguntarse qué, cuánto, cómo, y por qué consume lo que consume. ¿Cómo hacerlo? Si Netflix ni siquiera deja terminar la película, y ya saca los créditos y nos enchufa otro título. ¿Acaso para que sigamos tragando sin parar, sin reflexionar sobre lo visto, sin indagar sobre su ficha técnica? ¿O lo hace para ahorrarnos el esfuerzo de pensar? Tal vez el truco consista en mantener al espectador aturdido de azúcar, sobrealimentado de certezas tranquilizadoras, gordo de “verdades” masticadas, digeridas. El Aparato regurgita sin pausa su alimento balanceado en cientos de millones de picos abiertos y anhelantes (y aquí sí cabría la cuestión adictiva que plantea TSD). Bret Easton Ellis dice en su imprescindible Blanco (2020) Penguin Random House: “Todo se ha degradado por la sobrecarga sensorial y la supuesta libertad de elección que nos ha traído la tecnología...”. Y Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia (Paidós, 2020), complementa: “La nueva tiranía no necesita golpes de Estado. Se basa en nuestra gran dependencia de la Tecnología”. Y yo refuerzo estos conceptos con otra figura: Gente que “escuchaba” música cuando tenía cincuenta vinilos, incluso cincuenta cedés, desde Spotify, sólo “oye” música. Porque, siguiendo con Ellis: “Si todo está disponible sin esfuerzo ni cierto dramatismo, ¿a quién le importa...? Aquella era analógica poseía un romanticismo, un ardor, una otredad del que carece la era digital postimperial, cuando en última instancia todo parece de usar y tirar”.



Es que si está todo, no hay nada.

Pero, ¿de verdad está todo?

Yendo al universo literario, el aparato editorial se ha arremangado las botamangas para meter los pies en el lodazal de Aplicaciones y Plataformas Web, con las concesiones y los condicionantes que eso conlleva; entre otros, el empleo de un lenguaje quinceañero y una estética informal y aniñada. Entonces, los libros se exhibirán, sí, pero muy por encima, en un elogio de la inmediatez y la estridencia, del colorido y la melodía pegadiza, que no dará lugar a otra cosa que no sea un maremágnum de tapas despampanantes y slogans, de réplicas de recomendaciones automáticas y de intercambios entre gente que no leyó el texto en cuestión pero que así y todo lo vitorea. “La gente no quiere leer, quiere haber leído”, dice Dolina.

Los grandes monopolios editoriales ya están vertiendo sus catálogos en estas canastas de comida rápida, y ante la pauperización, gana el establishment: lo que el Sistema instala será lo que tendrá visibilidad, siguiendo una cómoda inercia hacia la concreción de sus intereses, tanto económicos como ideológicos, en una cancha inclinada en que la mayoría del público no se preguntará demasiado ni hará exámenes profundos sobre eso que se le presenta como lo mejor, lo único, lo indiscutible; pero no porque se trate de un público tonto, muy por el contrario, individuos de hiriente agudeza circulan por las RS, sino porque el scroll infinito de Instagram propone figuritas atractivas; los videítos de TikTok prometen emoción visual, y rara vez alguien someterá la urgencia por el disfrute de esos estímulos reconfortantes a la reflexión consciente y profunda, a esa especie de meditación en movimiento que implica bucear en las cuevas submarinas de una obra literaria. Y es que como dentro de un shopping virtual, se transita de pasillo en pasillo y de escalera mecánica en escalera mecánica, pero indefectiblemente, el famoso algoritmo, ese nuevo tirano que decide quién será feliz y quién no, nos deposita frente a “locales” donde se exhiben productos homologados por el dueño del mismo algoritmo. Difícilmente se encontrará algo “distinto”. En La sociedad de la transparencia, (2013) Herder Editorial, Byung-Chul Han dice que “... el dinero, que todo lo hace comparable con todo, suprime cualquier rasgo de lo inconmensurable, cualquier singularidad de las cosas. La sociedad de la transparencia es un ‘infierno de lo igual’”. Lo distinto asoma excepcionalmente: “contrabando” que logra burlar los sensores del Sistema. O tal vez sería más propio hablar de burla a los censores: según Ellis, “... esta es una época que juzga a todos con tal dureza a través del filtro de la política identitaria que, si te resistes al amenazador pensamiento de grupo de la «ideología progresista», que propone la inclusividad universal salvo para aquellos que osen formular preguntas, estás jodido. Todo el mundo tiene que ser igual y reaccionar de idéntica forma ante una obra de arte concreta, y si te niegas a sumarte al coro de aprobación serás tachado de racista o de misógino. Es lo que le pasa a una cultura cuando deja de importarle el arte”.

Si Nabokob pretendiera difundir su novela icónica en TikTok, de seguro sucumbiría ante un cardumen de pirañas dementes que no descansaría hasta ver cancelada la cuenta. ¿Y a qué Corte de Derechos Humanos iría el bueno de Vladimir Vladimirovich? A ninguna. Porque el administrador de justicia es la propia Plataforma, y si ese cardumen de pirañas dementes paga allí pauta publicitaria, se dificulta pensar en la imparcialidad de una sentencia. Entonces Nabokob boyaría con Lolita bajo el brazo en busca de un soporte idóneo, y no lo encontraría.

Porque el contrato digital que firmamos con estos monstruos de difusión es leonino. Existe un único botón: ACEPTO LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES. No hay otro. No hay un botón que diga ACEPTO PERO, o ESTO LO ACEPTO Y ESTO NO. Y está bien, son las reglas del juego, uno podría ir a jugar a otra cancha, con otros jugadores, incluso a otro juego. Pero claro, el problema es que no hay otra cancha, ni otros jugadores, ni otro juego. O sí, pero ni de cerca con las luces y la platea de la Red que ha copado la parada y que se reserva el derecho de admisión y permanencia.

Las Redes Sociales y Plataformas son vitrinas de exhibición de un producto mayoritariamente manufacturado bajo pautas que bajan desde las usinas de poder, y una legión de simpáticos y jóvenes instagramers. tiktokers, booktubers, son honestos y desprevenidos minoristas de piezas que previamente debieron en su cadena de producción cumplir protocolos de homogenización de Normas Iram (Instituto de Racionalización Argentino de Materiales, IRAM por sus siglas en español; [esto último, una humorada mía]) de lo permitido por la inmunda corrección política que está exterminando el arte. Y está exterminando la libertad de expresión.

Hay algo muy positivo en la divulgación que ejercen estos nuevos agentes: los títulos llegan a un público joven y deseoso de material que represente sus intereses, presentado por maestros de ceremonias que hablan su idioma. Eso tiene un alto valor. Pero también algo negativo, y es justamente lo mismo. Es decir, lo apropiado para adolescentes, no lo será para adultos. Y hablo tanto de escritores como de lectores. Escritos de cierta complejidad serán evaluados, reseñados y exhibidos con las mismas herramientas, los mismos códigos y en el mismo contexto que Crepúsculo o Cincuenta sombras de Grey. Porque la dinámica que se impone es la del segmento de consumidores adonde apunta el mercado como blanco para sus ventas. Hay excepciones, por supuesto, pero debo generalizar para plantear el asunto. Los chicos que reseñan libros hacen un trabajo estupendo, pero así y todo, no alcanzan a abarcar la totalidad del conjunto.

Y alguien podrá decir: para análisis más exhaustivos existen otros canales. Pero, ¿los hay? ¿Queda algún canal con suficiente llegada? ¿Que además sea plural? Me parece que no, me parece que estos formatos barrieron hasta con los restos aún tibios de la televisión.

El lector suspicaz de esta nota podrá sugerir que determinados volúmenes no están allí porque no alcanzan el estándar necesario, y podría contemplarse, pero un libro no debería ser sólo un producto maleable para las estrategias de marketing. Un buen libro podría llegar a contener en sus páginas el signo de una época, y no debería comercializarse del mismo modo que se comercializa un monopatín eléctrico. Hay temas que no son fulgurantes, no son la moda, ni están fogoneados por grupúsculos de elite, y terminan muriendo ahogados bajo el tsunami mainstream que inunda las Redes Sociales. No todos los libros son rubios y de ojos verdes, hay otra narrativa que los “dueños de la cultura”, empachados al punto de la arcada de corrección política, han decidido ignorar: “Te parece hablar de eso ahora...”; “Ummm, es un poco fuerte...”; “Si publicamos esto vamos todos presos...”; “Yo no pondría lo de...”; “Nah, está buenísimo, pero si lo sacamos así nos cancelan...”; “Está bueno el cuento, pero no le daría el premio porque hoy no podés hablar así de...”, etcétera.

El renacimiento del puritanismo victoriano pero con tecnología de destrucción masiva del siglo XXI, en que la moralina hipócrita y violenta ha crecido alarmantemente, siempre tendrá en sus filas efectivos de la Policía del pensamiento prontos a denunciar, escrachar, censurar. Esos sicarios dispuestos a tocar pito sobre todo aquello que los incomode, a excluir a la oveja negra y descarriada, a extirpar aquel cuerpo extraño que tapone el fluir de la Matrix. Todo —eso sí— bajo la bandera de la inclusión. Porque “...por lo visto, hemos entrado en una peligrosa suerte de totalitarismo que en realidad aborrece la libertad de expresión y castiga a la gente por mostrarse tal cual es...”, dice Ellis, pertinaz.

Y a partir de estas reflexiones, me surgen interrogantes:

¿Cómo esquivar la bajada de línea de los massmedia? ¿Puede un TikTok de un minuto compactar la esencia de un libro? ¿Dónde están hoy aquellas excelentes películas que se alquilaban en los videoclubes? ¿Cómo evita el pequeño productor de ficción ser aplastado por las pantagruélicas campañas de grupos multimedia? ¿Cómo equiparan posibilidades autores sin padrinazgo con autores subrepticia y millonariamente patrocinados? ¿Qué jerarquía se le está dando a una obra cuando es reseñada en milimétrica tipografía en un post de Instagram, así, a las apuradas, porque ya viene otra obra detrás en la producción en cadena?

Son preguntas retóricas, no tengo las respuestas. Sólo siembro la duda para contagiar la urticante intriga que padezco. Volviendo a Netflix, ¿para cuándo un documental que explore el ignoto destino de las películas y series “incorrectas”? He ahí, yo creo, el verdadero Social Dilemma: la adicción a las Redes Sociales puede eventualmente resolverse con una rehabilitación; una cultura colonizada por el mercantilismo y la ideología, no.