TRASCARTÓN
- Pablo Laborde

- 23 may
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Pablo Laborde
Aferrado al andador, frente al ventanal de triple vidrio, me cautiva la misma deliciosa ansiedad de los dieciséis, cuando nos fugábamos con Érika a darnos besos a escondidas de su madre violenta. Y en mitad de mi déjà vu, aparecen allá abajo los cartoneros. Sigo con la mirada su andar cansino, aun desde el quinto piso alcanzo a ver los surcos de la adversidad tatuados en sus caras, mientras que para los transeúntes no son más que semoviente urbano.
Sabía que más o menos a esta hora se acercarían al contenedor, les conozco el recorrido, la rutina. La primera vez que los vi de cerca, Rosita me traía del médico, y constaté que andarían por los veintipocos. En sus movimientos precisos y eficientes percibí la inteligencia de la aceptación, nuestro denominador común. Por eso los elegí. Supongo que la embolia despertó en mí habilidades trascendentales, elevó mi nivel de intuición. También los preferí por su belleza, por supuesto, no he perdido la prosaica preferencia por lo bello.

El asunto era cómo no asustarlos, cómo evitar la desconfianza: necesitaría tiempo para explicarme antes de que huyeran despavoridos por la aparición de un ser decrépito que apenas puede hilar dos sílabas sin tartamudear, sin que un hilo de saliva le cuelgue por la comisura del labio. Claro, uno querría no generar asco, repulsión, pero cómo hacerlo. Cómo pelear con estas armas. O mejor, con la ausencia de armas. Una carta podría ser la respuesta, pensé. Ellos deben saber leer. No habrá llegado a tanto la destrucción nuclear del sistema como para que no comprendan la formas básicas de comunicación. Sin embargo, sería más que ingenuo pensar que sólo unas palabras podrían convencerlos, necesitaba un persuasivo poderoso. El más convincente. Y lo tenía.
Tanto sentí que eran ellos los adecuados, que aquel día, una vez que Rosita cumplió su horario y me dejó sólo, me dispuse a escribir esa carta. Con un único dedo, teclear esas líneas me llevó hasta bien entrada la madrugada, pero disfruté como un adolescente mi travesura de amor. Con mucha dificultad, había alcanzado a llenar una carilla y media de retorcidas explicaciones, justificativos y excusas que hacían complicado lo simple. Así y todo, imprimí la carta, y me fui a luchar con el insomnio.
Hoy decidí llevar a cabo mi “experimento”, y le pedí a Rosita que me bañe, me vista y me peine antes de irse. Quiero dentro de todo generar el menor impacto. El menor rechazo. Pero ahora que los estoy viendo ahí abajo, me invade un súbito pánico, y me pregunto si podré hacerlo. Mi temblor habitual aumenta, y las esqueléticas zancas que me salen por debajo de la cadera están a punto de colapsar con mi magro peso. Sin el andamiaje del andador, mis cincuenta y pico de kilos estarían ya esparcidos por el parqué. Pero trato de aguantar: la misión lo amerita.
Antes de empezar la titánica tarea de bajar a la calle sin la ayuda de mi cuidadora, releo la carta: No quiero que se asusten, no busco aprovecharme ni nada. Sólo quiero ayudarlos a cambio de algo que para ustedes no representará un problema... Sin pasar del segundo renglón, hago un bollo y lo arrojo al cesto del escritorio. No logro entender cómo pude escribir semejante basura. Utilizaré el lenguaje universal, el “convincente”. Voy hasta la cómoda y agarro del primer cajón dos billetes de cien dólares. Con una mano me sigo sosteniendo del andador, y con la otra doblo los billetes y me los meto en el bolsillito del suéter. Salgo a buscar a mis elegidos antes de que continúen su periplo reciclador.
Una vez que el acv se cargó mi independencia —y de paso— mi dignidad, el hijo de puta olvidó llevarse consigo el deseo carnal y la necesidad de afecto. Un grande, El Piadoso, que no conforme con convertirme en una ameba, dejó dentro de mi estructura unicelular los imposibles neurotransmisores encargados de la sofisticada sinapsis del placer. Sólo me robó las herramientas físicas para proporcionarme ese placer. La embolia me dejó postrado, inservible, pero no fue compasivamente letal como para arrasar con mi libido, que sigue intacta dentro de mi cuerpo inútil. Y sí, el sadismo es materia predilecta de El Piadoso, que aprieta pero no ahorca.
Pero hay algo bueno en esto de estar fuera de carrera, y es que a mí no me tocan las leyes de los que siguen corriendo tras la liebre artificial: yo voy paseando por el costado del canódromo, y en esa banquina solitaria y escarpada, me puedo dar lujos que no pueden darse los que se paran aún en dos patas. Vale decir, me aprovecho un poco de mi condición de hexápodo para conseguir algunas cosas. Bueno sería que de tan estoico no usufructuara los privilegios.
En este camino de invalidez física y moral, descubrí la televisión de mediatarde, un producto diseñado para ser consumido por la franja etaria con demencia senil, aunque su contenido purulento derrame eventualmente hacia mentes jóvenes y fértiles, corrompiéndoles el sentido común. Intentó permear mi psiquis lisiada, sin corromperme todavía más, sólo asqueándome.
En morboso divertimento, me vi dentro de esos platós, y supe de inmediato cómo se desarrollaría la secuencia si el financiado puritanismo mainstream conociera mis planes cartoneros: con las llamas de la hoguera mediática ya ardiendo en el piso de tv, el conductor de un panel de notables enunciaría mi crimen, y luego daría paso a un debate en el que participarían encumbrados referentes en materia jurídica, médica, psicológica y religiosa; a saber: abogados mediáticos, médicos promotores lácteos, psicólogos sociales, curas de televisión; más un maremágnum de excrecencias seudocientíficas tales como tarotistas, numerólogos, editoras de género, tiradores de runas, esteticistas, expertos en diversidades y astrólogos. Cuando ante la lectura de los cargos el in crescendo de ofuscación hubiera sublimado en el grito de ¡quémenlo!, harían pasar al acusado (yo) para leerle la sentencia y de una vez por todas ejecutar la pena. Entonces, el gran momento: un productor me ayudaría a entrar en plano, y yo exageraría histriónicamente mi hecatombe física al acercarme a la hoguera que espera por mis huesos. Al verme, los integrantes del panel silenciarían su vómito acusatorio, y descubriendo estupefactos que despellejaban a un paralítico, empezarían a lamerme las bolas. El conductor y Juez Supremo haría señas desesperadas al mismo productor que me puso al aire, para que me saque de inmediato, y pediría urgentemente un matafuego para apagar la hoguera. Mientras tanto y para salir del aprieto, un director de piso alienado que olvidó por un momento los mandatos de la corrección política y se le pasó que los inválidos no forman parte del crimen en la sociedad moderna, daría paso a un pnt de piojicida, que el conductor con capacidades capilares diferentes, adicto al pelo en aerosol y a las carillas dentales de porcelana, recitaría de corrido, hiperventilado y con mala dicción, con total desprecio por el anunciante que le da de comer a él y a toda su cohorte de chacales.
En fin, así y todo y por más que quiera justificar mi licenciamiento moral detrás de seres aún más abyectos, yo asumía para mí lo objetable de la acción que estaba por llevar a cabo, aunque —a mi favor—deba declararme esclavo de indomables pasiones.
Cuando mi parafernalia metálica sobresale ruidosa por la puerta del ascensor en la planta baja, el portero de turno se sorprende de verme solo, y exagera el afán de asistirme, con esa torpe lentitud que a las claras muestra su pereza para levantarse del sillón del palier, y yo lo relevo, desestimando su “ayuda” con la misma falsa amabilidad con que él hizo la pantomima de pararse.
Al salir a la calle, veo que mis elegidos están terminando su faena en el contenedor, y temo que no me alcance el tiempo para acercarme; pero en mis condiciones, la única posibilidad de llegar vivo a la vereda de enfrente, es ir hasta la senda peatonal de la esquina y esperar el semáforo. Y debo recorrer cada centímetro con el exasperante ritmo de una babosa. Incluso con la apariencia de una.

Cuando por fin consigo llegar a ellos, él apila los últimos cartones, mientras ella fuma a su lado, abstraída en remotos pensamientos. Aversión es lo primero que muestran al verme, inmediatamente después, desconfianza. Pronuncio la palabra “ayuda” con la dicción de un alcohólico terminal. Él deja los cartones, y ella pita y me estudia de arriba abajo. “Ayuda” repito, y muestro los billetes (no hay mucho tiempo). Se miran. Ella sonríe nerviosa. El dinero es un arma magnífica, pienso. Pero también veo en él la precaución. Digo una vez más, “ayuda”, y esta vez señalo el quinto piso de mi edificio. Quiero mostrarles que no existe peligro alguno: ¿Qué mal podría ocasionarles un ricachón minusválido?
Qué pasa, amigo, dice él, acercándose de mala manera. Y ella lo frena para que me deje “hablar”. En general las mujeres suelen ser más reflexivas y mediar ante el arrebato violento del macho, o acaso ella haya llegado a conjeturar antes que él lo que podrían comprar esos doscientos dólares al cambio del día.
“Ayuda”, digo por cuarta vez, y vuelvo a señalar mi departamento. Comprimo más mi cuerpo, reduciéndome a la complexión de una larva, me vuelvo un gusano inofensivo para ganar su favor.
Ella le hace que sí con la cabeza. Él se acerca y toma de mi mano los dólares. ¿Habrá visto alguna vez de cerca la moneda universal? Sí, la conoce perfectamente, porque sabe cómo testear su autenticidad. Qué querés que hagamos, dice. Y yo vuelvo a señalar mi departamento. “Ayuda”, digo una vez más. Sé que he logrado interesarlos, porque descartan los cartones que hace un instante eran su cometido.
Yo podía acentuar o disminuir el espantajo de mi incapacidad según la circunstancia requiriera, y en este caso, evitaba así las molestas indagaciones de portero preguntón. Quiero decir, cuando el encargado me vio aparecer con la parejita, exageré mi contrahechura a un nivel grotesco, y él no dijo ni mu, sólo se limitó a abrirnos muy solícito la puerta del ascensor principal (no el de servicio). Me imagino cómo se habrá roto la cabeza pensando qué demonios hacía yo llevando a esos cartoneros a mi piso, ¡y entrando por el palier privado!; pero como decía, no todo es malo en el universo de un inválido. De un inválido rico.
Subimos. El silencio pesaba. Y si bien el viaje en el ascensor fue corto, alcanzó para que ella me espiara, y cuando yo levanté la vista, sus ojos y los míos se encontraron, y ella los bajó de inmediato. Habrá descubierto en mi mirada la juventud insolente, decidida a no abandonarme. Actué con ella el papel contrario al que actué con el portero: procuré verme mejor, más armado, aunque el rol de esperpento se me hacía más sencillo de representar en virtud de mi physique du rôle.
Había dejado café caliente, tostadas, manteca y mermelada sobre la mesa del comedor diario. Una especie de merienda muy básica que me llevó casi una hora de complicadas maniobras y destrezas circenses culinarias. Les pedí con gestos que se sentaran a merendar, pero ellos desconfiaban, querían ir al grano, a lo que habían venido: ¿Qué había que arreglar?, preguntaba él. Y ella reprendía esa tosquedad con disimulados gestos.
Sosteniéndome del andador, me transporté con dificultad a la silla de ruedas: no resisto parado tanto tiempo. Pero sentarme tampoco es fácil, y al hacerlo se ve que hice un espectáculo, en el que toda esa preparación cuidada que yo había dejado sobre la mesa estuvo a punto de colapsar. Entonces ocurrió algo impensado. Algo que yo no esperaba, y que fue en principio inoportuno y vergonzoso, pero que debo admitirlo, sirvió para achicar la distancia. Ocurrió que como un vendaval violento, me llegó la imagen clara de mi catástrofe vista desde los ojos de estos chicos. Y así, sin previo aviso (no me ocurre normalmente), me atropelló la autocompasión. De golpe y fuerte, mi resentido cinismo fue reemplazado por un angustioso desconsuelo, derivado de la súbita consciencia de mi desgracia irreversible. ¿Eso era yo? ¿Ese andrajo humano que sólo tres años atrás tomaba cócteles en barras de bares de moda, codo a codo con mujeres hermosas, era ahora ese osario apilado sobre una silla de ruedas en un piso solitario? No pude con ese huracán de estiércol, y me hundí en un sollozo quedo.

No lo hice a propósito. No fue parte del show. De verdad me vi en sus ojos, y hacía rato que me reconocía como una cosa torpe y olvidada, pero por alguna razón, la presencia de mis invitados me recordó que hacía no mucho tiempo, yo había sido otra cosa. Bueno, justo lo contrario a una cosa. Había sido alguien con una vida. Alguien que tenía amor, o por lo menos, que disfrutaba sus costosas falsificaciones. Y en ese instante de pérdida de control, comprendí qué necesitaba con desesperación: yo había pensado que extrañaba el sexo, pero no. En verdad era amor lo que me estaba faltando, amor del bueno, del de verdad. Y en una especie de epifanía, descubrí en tiempo real que no estaba seguro de haber tenido amor real alguna vez en mi vida. En rigor, no me refiero a eso con que solemos referirnos a las maniobras entre humanos en espejo con el cine romántico comercial. Hablo de algo más profundo. Para ser totalmente pragmático, lo que yo necesitaba era calor. Calor, olor, humedad. Candor humano. En fin, ya se sabe: contacto con otro ser, para constatar que no estoy flotando sólo y a la deriva en el cosmos inconmensurable y frío. A eso le digo amor. Y ese tipo de amor es el que no estoy seguro de haber tenido alguna vez.
Ante mi repentino quebranto ella intentó acercarse, pero él la agarró del brazo y se lo impidió. Qué querés, dijo, tratando de mostrarse impío y fuerte. Pero yo sabía que se compadecía de mi estado, podía notarlo, había cambiado algo en su mirada. Había aparecido el miedo: ¿Qué impedía que él mismo pudiera terminar como esta oruga que tenía enfrente? En un instante, el muchacho había comprendido que podía existir algo incluso peor que la miseria material. Quizá lo suyo no era tan malo después de todo. Y el pánico afloró en sus ojos, inocultable. Porque más allá de su brusquedad, se notaba un pibe sincero, bueno, incapaz de disimular un sentimiento.
Me concentré mucho para poder pronunciar correctamente. Y debía elegir muy bien el término para no desperdiciar mi oportunidad. Así que recurrí a la palabra en cuestión, la palabra trillada, no iba a andar con eufemismos. Necesitaba ser contundente, incluso cursi. “Amor”, dije a duras penas, y reforcé el concepto señalándolos a ellos con mis índices temblorosos. “Amor”, repetí, con los ojos húmedos (sabía que las lágrimas recientes jugaban a mi favor). Por supuesto que si refiriera la fonética y no la literalidad gramática, se habrá oído algo parecido a “ao”, o algo así. Pero ellos comprendieron perfectamente lo que yo pedía.
La sorpresa de los dos fue tan rotunda como diferentes fueron sus reacciones. Ella, contrario a mi intuición, pareció emocionarse, hasta tuvo como una especie de estertor al intentar contener un súbito acceso de lloriqueo. Pero él endureció más el ceño, la agarró del brazo, y comenzó a tirar para llevársela de mi departamento. Quería sacarla de allí cuanto antes. Pero ella, petrificada, me miraba fijo. Él tiró más fuerte y ella trastabilló en dirección al hall de recepción.
Los perdía: no había llegado a encender bien el fuego, me había apresurado, arrebatando de oxígeno la pira, y ahora la fogata se me apagaba. No tuve la paciencia necesaria como para atizar el fuego de a poco. Entonces, antes de que se extinguiera por completo, decidí lanzar sobre esa llamita moribunda un galón de kerosene: me levanté como pude y tambaleé hasta la cómoda, mientras ellos se debatían en mi palier privado entre abandonar de una vez mi casa, o quedarse un poco más, quién sabe para qué. Agarré varios billetes de cien dólares, unos veinte o treinta billetes, y al salir a buscarlos al palier, el tesoro verde se me escapó de las manos y se esparció por el piso, no pude sostenerlo sin soltar el andador.
Ella me miraba fijo, no al dinero, sufría y me miraba a mí. Tuve una visión: ella y yo tolerando juntos la inutilidad de la vida. Y después, asumiendo la inutilidad de esos pensamientos derrotistas, para escapar, épicos y de la mano por un sembradío soleado, enamorados del amor más puro. Y por supuesto, enamorados el uno del otro.
Pero él sí miraba los billetes, y durante ese segundo que se desconcentró de sostenerla, ella se agachó a recoger los dólares caídos. Juntó todo, hizo como un rollito, y me lo guardó en el bolsillo de mi suéter de enfermo crónico. Él llamó al ascensor. Volví a agarrar los billetes con una de mis torpes manos, arriesgándome a que cayeran de nuevo, y se los extendí: “Amor”, dije. Y mientras blandía el rollo de dólares: “Uedes, aor, ada ma, o fao”, y me sorprendí de lo locuaz y verborrágico que me ponía la desesperación de perderlo todo habiendo llegado hasta allí.
Algo cambió. No sé bien qué ni por qué. En un principio creí que había sido la omnipotente autoridad del dinero. Después no estaría tan seguro. Pero el ascensor llegó, y ellos no lo tomaron. Durante casi un minuto nos quedamos los tres mirándonos, conformando un triángulo imaginario que parecía ser esa superficie de estrella donde pacta el diablo en las películas de terror yanquis. Me atreví a volver sobre mis pasos, esperando que ellos me siguieran. Sentí que esta vez así sería. Y sí, vinieron detrás de mí. Y no sólo eso, al franquear la entrada, ella cerró la puerta.
Estaba agotado. Había gastado en los últimos minutos la energía que dispongo para una semana, incluso para un mes. Volví a sentarme, y les hice el gesto de que me imitaran. Lo hicieron. Con prolijidad y respeto, despegaron sillas de la mesa y se sentaron. Me saqué del bolsillo el rollito de dólares y lo dejé sobre la mesa. Los billetes se desenrollaron con la fuerza de resortes. Señalé las tostadas, pero no hubo caso. Junté fuerzas, suspiré. No me resultaba nada fácil respirar, mucho menos, hablar. Y mucho menos fácil todavía me resultaba asumir mi patetismo. Había entrenado la humillación el año entero que estuve internado, asistido las veinticuatro horas por enfermeras que me trataban como a un niño o a un anciano, pero ahora era distinto. De algún modo, la belleza de la chica me inhibía, me avergonzaba que me viera en tan lamentable estado. Si ella tuviera una remota idea de lo que yo había sido hasta hacía poco... Sí, un tipo un poco grande, pero de indiscutible presencia, de una belleza varonil fuera de lo común, que sin duda no le hubiera resultado indiferente, aunque fuésemos de distinta clase social, porque yo notaba que estos chicos tenían la facultad de eludir los prejuicios.
Pero el muchacho me miraba fijo, sin dudas intentaba advertirme que ella estaba con él, y que si aceptaran hacer caso a mi delirante pedido, no cambiarían en nada los vínculos ya establecidos. ¡Como si yo tuviera alguna posibilidad! Me enternecían sus celos adolescentes.
“Amor”, dije, señalándolos y uniendo mis dedos flacos. Y su expresión no dejó dudas de que sabían lo que yo pedía. Pude verle a ella el brillito de una lágrima asomando su redondez en la comisura del ojo. La enjugó disimuladamente cuando él la agarró del antebrazo y la atrajo hacia sí. Empezó a besarla, para mi gusto atolondrada y bruscamente, y ella tuvo un reflejo de rechazo, como si no quisiera saber nada con este libertino pacto, pero él forzó un poco la cosa, y finalmente, ella cedió.
Me relajé en la silla, apoltronándome silencioso para hacerme invisible. Quería ser ese director de teatro, que anónimo y oculto en el proscenio oscuro, asiste al debut de sus actores, radiantes, nerviosos, encandilados por los focos. Veía los labios humedecidos, escuchaba el sonido de los besos, y hasta vislumbré una lengua reptar sobre los labios del otro.

Quizás ellos tuvieran el miedo lógico a que yo, cumpliendo el cliché de vejete ricachón, comenzara a masturbarme. Pero no sólo yo no tenía la menor intención de faltarles el respeto ni incomodarlos, sino que además no tenía la más remota posibilidad de satisfacerme por mis propios medios. Después del acv, mi miembro había quedado abandonado, como un hijo queda huérfano después de la muerte súbita de sus padres. Ya no había quién quitara tal zozobra, quien me brindara algún alivio. Jamás me atreví a pedirle algo así a Rosita, y mucho menos se lo pediría a mi querida hermana; lógico, lo único que me faltaba era padecer el síndrome de Zeus y Hera; y mis manos atrofiadas, a duras penas me servían para orinar haciendo equilibrio en el andador. Yo agradecía al menos eso. Está de más decir que la automática eficiencia de una meretriz no podría jamás satisfacer mi anhelo más profundo.
No podía creerlo. Me parecía estar en un sueño, tenía una fuerte sensación de irrealidad, que se potenciaba con el cannabis medicinal que mi médico me permite en una dosis que es buena para él, que lo tiene todo, pero que resulta insuficiente para mí. Debería al menos quintuplicar la dosis. Y por supuesto que yo la quintuplico a discreción, no iba a estar esperando su permiso. Cannabis y amor es lo mejor que pueden pagar un puñado de dólares. Aunque el amor no sea propio, y el cannabis lo tome en gotas. Pero tuve mucho de amor propio, tal vez un exceso, y quizás entonces terminé como terminé, por eso quiero ser un curioso admirador del amor ajeno. Y ese amor ajeno se desarrolla ahora con mayor libertad, como si hubiera encontrado una autopista de permiso en mi presencia somera y no invasiva. Pero seguramente también hace lo suyo el deseo real, el que bulle a flor de esas pieles jóvenes, oscuras, perfectas; de esas líneas atrevidas que garantizan el goce.
Él me mira de reojo, sin dejar de besarla. Ella no mira, pero sé que me percibe. Él espera instrucciones: “Ya está o querés más”, me pregunta su ojo esquivo entre beso y beso. Y por supuesto, quiero más. Quiero más amor. Y así lo digo: “Más amor”. Bah, así no. Digo: “aaa aoo”. Creo que si entienden la consigna es más por mis gestos que por elocuencia fonética.
Pero en el fondo él ya sabe lo que busco, y ella también, aunque disimula esa comprensión con un adorable pudor femenino que parece haber pasado de moda en este tiempo en que las mujeres han copiado lo peor del hombre, entre otras cosas, la procacidad. Asiento con la cabeza, procurando que no se vea mi apremio. Ella ya no quiere mirarme, sabe que ahora irán más allá, y la vergüenza manda. De hecho, ella intenta frenarlo todo. Se ve que toma consciencia de la locura, y si bien él le da seguridad porque claramente son novios o algo así, algo de repente la bloquea y le impide seguir.
Intento hacerme todavía más pequeño, invisible. Me deslizo en la silla de ruedas hasta que mi cabeza queda a la altura de la tabla de la mesa, casi escondida detrás de la cafetera y las tazas. Empequeñeciéndome, procurando desaparecer, busco desactivar en ella el sentido común, ese sentido de la realidad que le indica que lo que está haciendo es, como mínimo, controversial. Y es él quien sale a luchar por mi deseo (o por el deseo de él por ella, o por el deseo de llevarse lícitamente los dólares), y con besos y caricias, la persuade de volver al acto. Para mi satisfacción, ella vuelve al juego.
Siento el apuro de mi sangre raspando las paredes de mis arterias estropeadas. Ya no necesito dirigir la película. La película fluye. Y hasta me sorprendo cuando él le saca el buzo con cuidado, y ella deja hacer, levantando los brazos. Esa complacencia me llena de felicidad, me emociona, y debo contenerme para no volver a llorar. ¡Cuánto hace que no veo el pecho de una mujer hermosa!
El lateral de los pequeños senos contenidos por el corpiño sencillo incrementa la fuerza del volcán que llevo dentro. Ellos ahora están en su mundo, y yo vuelvo a ser invisible. Por encima del rumor del tráfico que llega desde la calle atemperado por el triple vidrio, sólo se oye la respiración agitada, los besos, los ruiditos lúbricos y exquisitos. En un extremo de la mesa, ella sentada sobre él. En el otro extremo, mi presencia insustancial, muda, quieta.
Las manos presurosas del enamorado desabrochan el corpiño, que cae al piso con el sonido de un suspiro, y casi al tiempo, él se despoja del buzo. Los pezones oscuros y erectos se aplastan contra el pecho de él. La alza a ella con facilidad, y yo admiro esa fuerza que ahora concibo sobrehumana. Una vez la tiene de pie frente a sí, le baja de a poco el jogging azul de tiras blancas, y entonces, siempre de costado a mi mirada solapada, escondida, aparece la curva asesina de esos glúteos perfectos. Y agradezco no ver lo de él, porque así sentado como está, lo tapa la mesa: no soportaría los celos, la envidia de ver de cerca el funcionamiento majestuoso de un miembro joven y sano confrontando mi impotencia integral. Pero sí noto que él descorre su propio jogging y la agarra a ella, y con la misma facilidad con que la puso de pie, ahora se la sienta encima. Por fin encastran las piezas principales de mi rompecabezas.
A esta altura me asalta la incredulidad, y debo hacer un esfuerzo para aceptar lo que está pasando. ¿Realmente lo están haciendo? No puedo creer haber logrado convencerlos. Estoy seguro de que no lo hubiera conseguido con unos chicos de clase media. Quizá sea uno de los tantos prejuicios que arrastro desde mi concepción pequeñoburguesa, pero es que realmente me sorprende que ellos puedan hacerlo delante de un extraño. Porque yo mismo ahora tomo consciencia de la extravagancia de mi pedido. Se ve que para mi criterio perturbado y promiscuo, el asunto no revestía anormalidad (el cannabis hace lo suyo). Ahora, que se ha materializado la fantasía, me invade el asombro. No consigo creer lo que está ocurriendo. Y para seguir regocijándome, busco la credibilidad en mi catálogo de tópicos. Y la encuentro en la hipótesis de que en los disfuncionales núcleos humanos de la clase baja, la cópula suele ser a pelo, a cielo abierto, sin privacidad. No sé si es eso verdad o mito, no sería raro que fuera otro de los tantos prejuicios que cargo, como cargo mi cuerpo inerte, pero en este momento me sirve como respuesta provisoria, para darle verosimilitud a eso que estoy presenciando hechizado, y que yo mismo pedí sin creerme en el fondo que pudiera llegar a suceder.
Los jadeos son cuidados, silenciosos, pero aún en mi sordera casi total, alcanzo a oírlos. Y es un experimento fascinantemente venenoso sentir cómo algo puede ser tan excelso y destructivo a la vez. Pero el que dijo eso de que el cerebro es el órgano sexual por excelencia, aunque a esta altura sea un empalagoso lugar común, no se equivocó: todo lo que veo hacer a ellos, se refleja virtual y simétricamente en mi cuerpo: mojo mis dedos en la tibia humedad de ella, ostento la dureza de él, el aliento de ella me empaña las pupilas. Y cuando todo termina, siento también el alivio sideral de vaciar aquello que estaba cargado a reventar, esa sobreabundancia que me estaba matando.
Se desarma uno sobre el otro. Los músculos jóvenes se relajan, la agitación persiste. Los tres estamos agitados. Ellos, temblorosos, sudorosos y castos, escondidos los rostros en el hueco del cuello del otro. Yo, palpitante, seco, agradecido.
Apurados por tapar su desnudez, se visten rápido. Y yo quiero seguir siendo invisible, pero ya no lo soy. Saben que estoy ahí, soy esa incómoda presencia. El olor a sexo ha impregnado el ambiente, y los dólares siguen desparramados sobre la mesa.
“Gracias”, digo, con mi dicción de niño pequeño, y ellos entienden que cumplieron, y que pueden retirarse. Debo admitirlo, hay una parte de mí, la más pura, la que aparece al raspar mucho la mugre, que siente una puntada de desilusión cuando la chica empieza a recoger los billetes de la mesa. Pero sólo es el preámbulo de la euforia colosal que sobreviene: ella ordena los billetes, los apila bien prolijos, los vuelve a hacer un rollito, y me los pone de nuevo en el bolsillo del suéter. “Tome”, dice, y la puñalada del no tuteo duele más que la puñalada de cuando creí que se hacía de la plata. Al acercárseme, huelo el embriagante vapor de su transpiración, que por ósmosis se mete en mi cuerpo, y opera como un antidepresivo sublingual.
Niego frenético con la cabeza, no quiero el dinero, quiero que se lo lleven todo. Pero no hay caso, ellos no lo aceptan. Entonces llevaré las cosas al extremo y los haré merecedores de esa fortuna. Les pediré más, para que no sientan culpa de esquilmar a un tullido. Ya no podrán negarse. Me atrevo a lo que no creí me atrevería.
“Abrazo”, digo, y no estoy seguro de que entiendan lo que estoy pidiendo, pero parece que sí (ya me tomaron el punto, ya entienden mi idioma), porque él le hace a ella un gesto de asentimiento. Y ella tiene otra vez esa lagrimita asomando del borde del ojo. Y yo sé que al ser una bolsa de huesos desparramada sobre una silla de ruedas de diseño, no es físicamente fácil abarcarme; sería como intentar abrazar un castillo de naipes o una estructura de copas de sidra. Pero insisto: “Abrazo”, y lo señalo sobre todo a él, porque no quiero que se entienda mal: los quiero a los dos. Lo quiero todo. Quiero todo el amor que puedan comprar esos dólares. “Abrazo”, digo otra vez, y de nuevo junto en el aire los dedos quebradizos, señalándolos, pero esta vez, también señalándome.

Él se acerca, la mira a ella y le hace un levantamiento de mentón. Ella agacha la cabeza, esconde la mirada. “Abrazo. Amor”, digo, como un director de orquesta enardecido que tiene a su público hipnotizado y transita la instancia crucial de la sinfonía, el momento de mayor vulnerabilidad. Entonces, siento la mano cálida y pesada de él sobre mi hombro huesudo, y al instante, la mano de ella, suave y delicada, sobre mi otro hombro. Jamás imaginé que iba a superar el estímulo del acto sexual, pero sí. Recién ahora tomo consciencia de por qué armé toda esta representación con estos chicos “de verdad”, en lugar de contratar a una profesional que viniera a aliviarme. Ahora lo veo claro: en el fondo y sin habérmelo propuesto conscientemente, yo intuía que con ellos podía llegar a obtener algo más. Y estaba sucediendo: es metafísico el calor de sus manos nobles y certeras sobre mis hombros. Siento sus dedos cosquillear mi alma. Levanto la vista a esas caras blandas de juventud y duras de realidad, y les imploro que me lo den todo, vamos, no sé bien cómo se los digo, pero les hago entender que me abracen fuerte. Y la lágrima de ella por fin cae de ese precipicio de pestañas negras, y me pega en la nariz. Siento esa lagrimita recorrer mi nariz hasta caer en mi lengua anhelante, que la esperaba con la ilusión universal de sentir de verdad algo que en los últimos años sólo pude “sentir” en mi puta imaginación. La sal de esa lágrima me entrega la potencia de una locomotora, la energía que necesito para dar vigor a mis bracitos exangües, para alzarlos un poco más de lo común, hasta abrazar la cintura de cada uno. Los traigo hacia mí con mi fuerza de anciano de cincuenta, y percibo cómo ellos colaboran con el acercamiento, sapientes de que mi fuerza sola no podría atraerlos, y meto la cabeza entre esos vientres veinteañeros, aprieto mis ojos de nuevo llorosos contra esos abdominales duros y tersos. Y ahora sí, el éxtasis: las manos que posan sobre mis hombros bajan por mi espalda y me aprietan contra ellos. Me empapan con su sudor, con su olor silvestre, me llenan del amor más sublime que nunca tuve.
Después de largos segundos, de a poco, y como si ninguno de los tres quisiera despertar a un pequeño y frágil animal dormido, vamos desarmando el abrazo. Yo, hechizado. Ellos, con un visible aumento de confianza.
Él saca los doscientos dólares que había embuchado en un principio en la calle, y los deja sobre la mesa. Me desespero y niego. Quiero explicarles que todo es de ellos, y no me salen las palabras. Sólo digo torpemente: “Plata. Ustedes”, y saco de nuevo los billetes de mi bolsillito. Pero él no quiere saber nada. Y ella está de acuerdo.
Él le da un mordisco a una tostada, y me hace un guiño: “Cuidate, amigo”. La agarra a la chica de la mano y la lleva hacia la puerta de salida. Ella me concede una última mirada, esta vez no compasiva, sino sensual. Me regala su satisfacción de mujer, como si yo hubiera sido el artífice de proveerla. Y él permite esa concesión, ya no cela. Me siguen llenando de amor de verdad. Y me angustia pensar que cuando mi portero les abra la puerta y ellos salgan a la calle, no llevarán consigo los dólares, y tampoco estarán allí los cartones que él prolijamente había seleccionado. Entonces me permito la fantasía de que quizá no se van con las manos vacías, de que a lo mejor ellos pudieron obtener algo de mí. Maldición, quiero creer que algo se han llevado, si a mí me lo han dado todo. Y desde esa ilusión que me enaltece, restituyéndome a la vida después de la muerte, se me ocurre que mañana le diré a Rosita que salgamos a almorzar afuera, hay mucho para ver y disfrutar al mediodía en la ciudad, a pesar del invierno frío.
*Relato incluido en Mueren se reproducen crecen y nacen, (2019 - Bärenhaus)
ALEJANDRO BARAVALLE sobre este libro:
En estos cuentos hay seres humanos. Y, tan ajeno a la corrección política como al cinismo fácil, Pablo Laborde les hunde el puñal ahí, dónde la carne más se resiste y la herida más duele. Y escarba, y nos muestra lo que hay adentro: en algunos casos, lo hace con engañosa ligereza; en otros, con pudorosa ternura.
En estos cuentos hay seres humanos: es decir, seres divinos, monstruosos, frágiles. Mártires del deseo o juguetes de la abulia. Laborde indaga en estos seres inexplicables que se reproducen, crecen y nacen y cuyas vidas acaso puedan cifrarse —como quería Borges— en un solo momento, el momento en que uno sabe definitivamente quién es, quién ha sido siempre.
El presente libro es una colección de esas epifanías, y evidencia otro enorme salto en la evolución del autor. Con esto no insinúo que no se reconozca en estas piezas a aquella voz furiosa de Bilis; al contrario: la evolución es más visible justamente porque se la reconoce, sólo que más compleja, más simple, más eficaz. Se trata de una evolución que va más allá del oficio literario. Me atrevería a calificarla de estilística, siempre que usemos la palabra en su sentido más amplio; el implicado en la famosa sentencia: El estilo es el hombre.
Por inverosímil que suene, en el mundo todavía hay seres humanos: a pesar de las redes sociales y los celulares y los tsunamis y las noticias apocalípticas que nos sirven de desayuno. Los grandes escritores encuentran lo humano entre el caos, fragmentado en un espejo roto. Y lo exhiben delicadamente, escamoteado entre los engranajes de esta máquina infernal a la que llamamos civilización. A esta ternura cruel la resume el anhelo de uno de los personajes de este magnífico libro: “Quiero todo el amor que puedan comprar esos dólares”.



