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Un potente analgésico de acción retardada.

DE CAPA CAÍDA

Entrevista para EVARISTO CULTURAL

 

Por Luis Adrián Vives



Ocho historias, ocho cuentos. Varios registros presentados como pliegues que, al abrirse, evidencian cierta preocupación por una existencia social que nos contiene y sacude al ritmo de un mismo único tiempo, muchas veces desperdiciado; finalmente muerto, asesinado.


Un despliegue de coherencia en el contraste, tal como la realidad al servicio de la ciencia ficción. Una muestra de sana crítica cruzando síntomas de una sociedad, virtualmente autoflagelada entre tensiones, conflictos, deseos e ilusiones.


Personajes que entran en este esquema como sonidos de un conjunto en el que la aparente falta de conformidad, termina en armonía. Son ocho puestas en escena; ocho capas de sedimento. Y una secuencia de eventos que se describen sobre, y bajo, estas ocho capas paralelas. Por alguna razón, Pablo Laborde elige como título de tapa: Los que matan el tiempo y lloran su entierro. No por nada optó por uno y no por otro entre los ocho.


Por algo, conscientemente o no, Pablo nos propone la idea del enterramiento que, a su vez, sugiere la de capas. Capas de tierra; son capas que cubren algo. Y, también calza en el todo que representa la suma de los cuentos, una clara sensación de “capa caída” que afecta, no por igual, a varios de sus personajes, ya sea en el quiebre que marca el nudo de cada historia contada; ya sea en su desenlace.



¿Qué podés decirnos acerca del proceso de escritura, en este caso?, ¿cómo se fue dando?

 

Había logrado publicar Bilis, una compilación de historias que tenía atragantadas desde hacía décadas, y que necesitaba expulsar. A partir de ese alivio, de ese desagote, apareció el espacio propicio para escribir sobre los temas que ahora me cosquilleaban la nuca. Los agarré del cuello y no los solté hasta meterlos en este libro. El proceso de escritura duró dos años, y pasé por tres etapas, la de selección y desarrollo, la de corrección técnica, y la de revisión profunda y amalgama conceptual. Resultó un libro más complejo que el anterior, más retorcido. Disfruté escribirlo, pero el proceso no fue de esparcimiento: usé de materia prima algunas de mis peores pesadillas. Al igual que con el libro anterior y con el que le sigue, me inmunicé con el humor.


Se advierten diferentes registros, aunque todos permiten reconocer una mirada clara sobre aspectos sustantivos de la sociedad. ¿Este esquema conceptual, se origina intencionalmente o es algo que se dio naturalmente, sin premeditación?

 

Es absolutamente intencional. Construí las tramas como excusa, como un vehículo que traslade la carga a otro destino. No sé escribir de otro modo. La idea de una ficción por el mero fin argumental, sin pinceladas de contexto, no es lo mío. Pero ojo, le doy una importancia superlativa a la construcción de la trama: quiero que el lector se divierta, no que sufra una especie de panfleto en el que se tenga que fumar mis opiniones sin ningún tipo de gratificación; pero también quiero que el subtexto le quede picoteando la cabeza después de que cierre el libro, que se quede preguntando y sufriendo las mismas cosas que me pregunto y sufro yo.

 

A veces sucede que el lector cree descubrir algo, que después se entera que el escritor no tuvo en cuenta, simplemente no fue por ese lado. Por ejemplo, en uno de los cuentos, en TÍMIDO, cuando Maira le dice a Carlos, “venite a Congreso”…; teniendo en cuenta que se trata de un lugar propicio para expresarse con contundencia y hacerse sentir, como sujeto, a favor o en contra de algo. Y, siendo que Carlos es alguien a quien le cuesta abrir la boca, me pregunto si el lugar fue pensado como bajada de línea: “hacerse escuchar”.


No es descabellada tu interpretación, pero no. Justamente quería a Carlos y a Maira taxativamente ajenos a cualquier cuestión de barricada. Los quería en un mundo más romántico y menos prosaico y politiquero; indefensos y frágiles, cada uno a su manera, perdidos en un escenario social que por cotidiano no deja de ser hostil y peligroso. Ellos sufren la brutalidad externa de un entorno violento y estúpido, pero también sufren su propia brutalidad, esa que los hace implacables con ellos mismos, y los deja aún más vulnerables al afuera. Pero también los quería heroicos. Tanto es así, que armé una playlist del libro en Spotify, y para Tímido, elegí Héroes, de Bowie. Por fin, Carlos y Maira encuentran el tono de voz adecuado para “hacerse escuchar” entre ellos, y al escucharse, se salvan. Me enamoré de esos personajes, los amo como si existieran: ellos son como me gustaría que fuera el mundo.


Desnuda en playa desierta. Un cuento que habla de la idea de libertad, de “renacimiento” una vez cruzado el umbral de la soledad, la depresión, la angustia, la oscuridad. Un sueño que sigue después de la pesadilla que anuncia la llegada del intruso. Algo emerge después del temor, de un “otra vez no, por favor”. Te pido que nos hables de ello, de cómo se fue gestando la idea, y del valor agregado que representa el erotismo inmerso en una dimensión sobrenatural.


La idea me empezó con una imagen: una mujer en una playa solitaria. Y a partir de esa imagen, me empecé a preguntar por qué estaba ahí, sola, desnuda; y me encontré con una joven adulta, inteligente y sensible, bella, aterrada y valiente, que sufrió algún tipo de tragedia y quiere sanarse. Pero quiere sanarse ella sola, con sus herramientas antropológicas, con su sabiduría ancestral, que debe buscar bien adentro. Quiere vencer sus peores miedos ella sola. No quiere depender del paternalismo colectivista que dice representarla, ni de un Estado supuestamente protector que oportuna y demagógicamente la necesita frágil o idiota: esos mismos actores no la defendieron cuando lo necesitó, ni hacen nada real y concreto por evitar que se repita el drama. Ella sabe que tiene la fuerza para superar el trauma, y lo va a superar ahí, desnuda y sola en una playa desierta. Con su poder de mujer, sin intermediarios ideologizados.

La rutina en esa playa era el marco que yo necesitaba para “meter” al intruso y hacerle asomar la cabeza al monstruo; y para que la historia no fuera tan dura, apelé a lo erótico. A mí nunca me calentó la pornografía, siempre me pareció vulgar y elemental, pero quería que hubiera sexo explícito, no quería una timorata, quería una mujer real, entonces traté de bucear en mi lado femenino, y escribí desde allí. Lo erótico dentro del marco sobrenatural tiene la ventaja de que es áureo, perfecto, el fiel reflejo de la fantasía. Quería que ella se curara haciéndose el amor a sí misma. Entonces ella vuelve a amarse, como antes del episodio que la traumatizó, y se saca lo negro de adentro del pecho. El “otra vez no, por favor” se convierte en un “se acabó, hijo de puta, conmigo no jodés más”. El intruso la ayuda con esa tarea colosal, pero la que se salva es ella, sin el padrinazgo de los guerreros de la justicia social.


En La última bifurcación, por ejemplo, la voz narrativa recuerda escenas producidas, en un colegio de medio pelo, treinta años atrás, Culpa por el “bullying” que encabezó contra aquel compañero discapacitado. Aquí se cruzan varios temas, entre ellos: la mirada de los otros; el nivel de contención familiar; la discriminación; el falso prestigio entre pares, en virtud de la perversidad y el sadismo; el arrepentimiento; la envidia. Me detengo en una expresión: “la existencia miserable que compartimos”, y te pido una reflexión sobre el cuadro de situación.


Este cuento tiene mucho de mí, de mi infancia, quizá es esa la reflexión más sincera que puedo hacer. Yo fui el paralítico, y también fui el hijo de puta que le hizo bullying, y mucho tiempo después, fui el tipo hecho mierda por la culpa de haber sido todo eso. El dolor del bullying, cuando lo hacía y cuando me lo hacían, me aliviaba el dolor subterráneo, ese de “la existencia miserable que compartíamos”. El mundo es un lugar cruel, y en la infancia habita el brote verde y fuerte de esa crueldad. Más tarde, cuando somos grandes, nos imponemos los disuasivos y legislamos la punición necesaria para protegernos de nosotros mismos, de nuestra ira, de nuestra envidia, de nuestra perversidad, de nuestro sadismo; pero no nos hacemos más buenos, al contrario, sólo somos menos sinceros, infinitamente más peligrosos, aunque contenidos. Pero en la niñez no hay filtros ni hipocresía, y así lo vivían estos personajes, que como te dije, son “casualmente” muy parecidos a como era yo a esa edad.


Los que matan el tiempo y lloran su entierro. ¿Crónica?, ¿fábula? El enamoramiento, la fatalidad, la idea de posesión y la violencia de género; un vínculo tortuoso y, los hijos no deseados. También está presente la idea de libertad —en este caso perdida, entregada a cambio de qué— ¿Cómo se te ocurrió presentarlo como una crónica-investigación?


En esta historia no daba con el relator: todos los narradores que probaba me sonaban artificiosos, lejanos. Por eso decidí forzar el registro, y opté por fabricar la fábula, y después de tenerla más o menos armada, la enmascaré en un formato de crónica, casi policial. Ahí entonces conseguí el tono que buscaba. Pero es un cuento. Un cuento disfrazado de fábula, que a su vez está disfrazado de crónica. Y sí, quería contar todo eso que enumerás, menos la violencia de género, concepto que considero arbitrario y forzado: desde mi punto de vista, sólo existe violencia a secas, como la que ejerce Morsa cuando la accede violentamente a Alelí, o la de Alelí con el malabarista, cuando sabiendo que se desangra, lo deja abandonado y va en busca de la seguridad.

Le di el título de este cuento al libro porque siento que representa de la manera más exacta el espíritu integral, el eje conceptual: se trata de la muerte del tiempo, de un desperdicio tan atroz que convierte esa muerte en un asesinato: se asesina la posibilidad de redención. De ese compost tan podrido sólo puede nacer algo nuevo. Todo lo que existía tiene que morir, no tiene salvación. De todas las palabras que dijiste, creo que “fatalidad” es la que más simboliza la historia, y el final feliz, casi hollywoodense, le da el contraste apropiado. Es decir, le quise echar un chorrito de leche a ese café negro y ácido.


La firma del contrato en La muerte esquiva. ¿Alucinaciones?, ¿locura sobrenatural?, ¿apariciones? ¿Cómo te relacionás con la muerte ajena y qué te pasa cuando pensás en la propia?


No tengo claro si fueron alucinaciones, locura sobrenatural o apariciones, y poco me importa: esa dilucidación se la dejo al lector. Me conmociona la muerte ajena del inocente, del ingenuo. Soy menos sensible a la muerte del que le “iba bien”: a veces, me genera más dolor la muerte de un perro que la de una persona. Equivocadamente, siento que el ser humano es, per se, una mierda, y merece morir. Pero cuando muere una persona que creo buena, me duele muchísimo, me destruye, no importa si esa persona es cercana, no tiene que ver con parentescos o cercanías.

A la muerte propia le tengo terror, y no necesito pensarla: la tengo todo el día a mi lado sonriéndome, cáustica. Me dice: viste, boludo, vos tratás de ser feliz, de mantenerte joven, de ser un escritor, de lo que sea, pero yo estoy acá, y en cualquier momento te cago matando, ¿qué tul? ¡Ja! Pero lo que no sabe la hija de puta es que en el fondo del fondo, la considero salvadora, casi que su banda sonora es un resoplido de alivio, se me antoja la salida a boxes de una carrera agotadora, que de todos modos no tengo posibilidad de ganar. Cuando pienso la muerte de ese modo, me empieza a parecer grotesca, ahí, haciéndose la mala como el cuco. Y esa idea es la que quise plasmar en La muerte esquiva: me aterra la muerte, pero mucho más me aterra la posibilidad de una vida eterna. Uno de los afiches que hizo la editorial para promoción del libro decía algo así como: “Vida hay una sola, quizá sea mejor así”.



Son ocho cuentos que, no obstante el registro que evidencia cada uno de ellos, todos confluyen al tiempo de reconocerse en los síntomas de una realidad social que nos condiciona. ¿Cómo describirías el estado de situación actual en lo que hace a la interacción social?


Siento que vivimos una distopía orwelliana. La interacción social me resulta más hipócrita y violenta que nunca: alguien, no sé bien quién (aunque tengo alguna sospecha), se tomó la atribución de detonar una granada en el hormiguero, y ahora todos nosotros, ciegos, rengos y malheridos, corremos erráticos en un sálvese quien pueda. No nos han dejado ningún marco de contención, no hay límites. Ya no hay religión, norma, ni ética que nos contenga (y ojo que te habla un agnóstico). La televisión y la publicidad han usurpado ese rol, la enseñanza de vida proviene de productores y conductores televisivos, de publicistas, de panelistas de chimentos y horoscopistas; ellos nos “enseñan” el nuevo mundo, nos convencen de que todo es relativo. ¿Por qué no?, preguntan ufanos estos profetas. Te digo por qué yo creo que no. Porque creo que un chico que se cría sin límites deviene un imbécil o un criminal. Flaco favor se hace la sociedad que no pone una contención a sus perversiones primarias. La interacción social hoy no contiene límite alguno, dentro de la ley, todo vale; y al mismo tiempo, la ley se está tornando inquisitoria, medieval, y ejerce un poder punitivo sobre estupideces. Paralelamente, se prohíben palabras, se judicializan expresiones opuestas al régimen hegemónico, determinadas ideas se catalogan como delito de odio, se quieren instalar leyes que impidan decir lo que se piensa, se impone de prepo una neolengua orweliana, que no es otra cosa que un instrumento de dominación cultural; pero con toda esa ingeniería social no se soluciona ningún problema de fondo, al contrario, se disgrega, se discrimina, se avanza sobre el individuo. Hoy la autocensura es un hecho. No se puede hablar de todo, no se puede escribir de todo. Hay que cuidarse de no terminar en la hoguera. Me afecta tanto todo esto, que necesité escribir el libro que acaba de salir, y más precisamente, el relato La ventanilla del miedo. Y la novela que aún no pude publicar, viene por el mismo lado. Valores clásicos como el respeto, el perdón, la humildad, la tolerancia (la tolerancia real, no la que se pregona todo el día en los medios mientras se insultan unos a otros) son tachados de demodés: hoy, ser moderno, es “decir las cosas como son”, cuando eso, en la mayoría de los casos, no es más que una solapada y sutil forma de agresión. La sociedad actual no me gusta, y creo que se nota en mis libros.


Por último, hablanos de tus lecturas, de tus preferencias y de cómo te iniciaste en la escritura.


Hay un monotema argento (también reflejado en el cine) que me harta. Entonces termino prefiriendo escritores europeos, como Henning Mankell, David Lodge, Ian McEwan, Herman Koch, Karl Ove Knausgård, Hermann Hesse, Nick Hornby. Los latinos que me gustan, y no necesariamente de ficción: Sergio Bizzio, Samanta Schweblin, Arturo Pérez-Reverte, Cristian Acevedo, Mario Vargas Llosa, Marcelo Di Marco, Pablo Mariani, Mario Levrero, Federico Falco, Luciana Sabina, Alejandro Baravalle, Analía Pinto, Martín Cascante, Diana Cohen Agrest, Isidoro Blaisten, Abelardo Castillo, Pablo Di Marco, Juan José Saer, Pola Oloixarac, Pedro Mairal, Liliana Heker, Ariana Harwicz, Alejo Schapire, Roberto Bolaño, y otros tantos que no nombro para no aburrir. Cierro con mis favoritos estadounidenses: John Kennedy Toole, Ray Bradbury y Donald Ray Pollock. Este último me resulta poderoso. Y como me peguntaste preferencias, me animo a nombrarte la serie que considero más genial, disidente, valiente y antihegemónica: South Park. También veo bastante cine clásico. Y las primeras temporadas de Los Simpson, antes de que se convirtiera en una basura.

Con la escritura empecé a eso de los trece años, después de leer La cabaña del tío Tom, Dove y El país de las sombras largas… Más tarde, me enamoré de autores como Emilio Salgari, Patrick Quentin, Chase, Agatha Christie…, y quise escribir mis propias historias. A partir de ese tiempo y durante treinta años escribí esporádicamente. A los treinta y largos, me dije, vas a escribir de verdad o no, pero sabía a qué me enfrentaba: había demasiado material acumulado, mucho para clasificar, mucho para trabajar, y demasiada vivencia amarga para asimilar; me representaba un martirio, me asustaba; además, ¿quién carajo me iba a publicar? Pero le puse manos a la obra de todos modos. Y menos mal, porque sin la escritura, hoy estaría perdido.

Por último quiero decir que tu lectura profunda del libro, y las agudas preguntas que elaboraste para esta entrevista, las considero una muestra de respeto, y no quería dejar de agradecértelo especialmente.



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