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Un potente analgésico de acción retardada.

ZOOMBIS

“Para votar a este engendro tenes que ser un zoombi hace rato.

Un cabeza de delivery (sic)”.

María Seoane, periodista y escritora argentina que ha incursionado en el cine.


 

Por Pablo Laborde



Soy uno de los “zoombis” (zombis) que votó al engendro, un cabeza de delivery del cincuenta y seis por ciento. Es verdad que jugué mal mis fichas, y aquí estoy, pauperizado a mi edad, repartiendo en Rappi. Vamos, que no es lo único que hago: tengo otras actividades más “académicas”, pero no alcanza. Vaya si lo intenté con lo mío, pero el arte no paga. ¿O será que no paga a quienes no profesamos la ideología de los dueños del arte? ¿O será acaso que no metí en mis historias la suficiente cuota de sordidez y lumpenaje homologada por el sistema literato audiovisual? Sí, tal vez debería haberme jugado con historias más frescas y renovadoras, más originales, digo, como de dictaduras y desaparecidos; de tierras arrasadas por imperialistas; de barrabravas, tumberos y villas; de indios diezmados por generales sanguinarios; de héroes barbudos desaseados asesinados por pulcros, malosos y lampiños militares, y demás hecatombes germinadas en el compost del neoliberalismo fascista y opresor. Seee, ahí estuve flojo. ¡Cómo se me ocurre abordar otras temáticas en mi ficción! ¡Qué plato, mamma mia! ¡No puedo ser tan cabeza de delivery! Merezco pedalear Big Macs hasta morir.

Bueh, basta de ser un resentido. Mejor dejo de hacerme el escritor y me voy a entregar esa pizza que se enfría. ¡Vamos, hermanos venezolanos, montemos nuestros biciclos! ¡Vamos, que las escorts de los timoneles no se pagan solas! ¡Vamos, sostengamos con nuestro yugo a “empresas” estatales como “Te enchufo la adorable mentira” (Telam, por sus siglas en español; sí, sin tilde en la e, no confundir con otras), la única agencia no tendenciosa que brinda información imprescindible! Guiño, guiño. ¡Vamos, que les becaries tienen que seguir dilatando el ano de Batman hasta que el pobre murciélago implore eutanasia! ¡Vamos, que debemos sostener el Ministerio de las diversidades y coso! ¡Vamos, agachemos la cabeza y dejemos pensar a los que saben! Ya nos ordenó mi otrora venerado referente cultural: “No se metan a pensar si no están acostumbrados”. ¡Sí, bwana!



Qué peligroso, qué triste... ver mentes brillantes, complejas, que uno admiró toda la vida (incluso desde otro pensamiento político, porque uno no es un fanático y puede distinguir persona de personaje), apagarse y enceguecerse por el opio del colectivismo y la ideología. El partidismo incondicional obtura la razón y nubla la lógica, niega al individuo, propio y ajeno. La elite socialista quiere pensar por nosotros, votar por nosotros, y ya que está, vivir por nosotros. Y cuando digo “por” digo “en lugar de”.



Por mi parte, para cabeza, prefiero de delivery y no de termo Stanley: mientras le llevamos el sushi a la progresía argenta, mis panas, mayormente médicos, científicos, escritores, músicos, pensadores, arquitectos, abogados, me cuentan de un dictadorzuelo que los exilió y puso a barrer el piso de otros países; y ¡oh, casualidad!, justo se trata del tiranillo que aman, o respaldan, o como mínimo, encubren, nuestros popes nac & pop. Y son muy convincentes mis compañeros venezolanos, eh, se me hace muy creíble lo que describen; me pasa al revés que con las “noticias” de la agencia sin acento en la e. Y yo, como buen zoombi (zombi), elijo creerles a estos migrantes abnegados.

Pero resulta que estas apps de servicios usurpadoras, esclavistas, evasoras, imperialistas, de dereeecha (y demás anacronismos de la adolescencia tardía), permitieron a muchos de nosotros ganarnos el pan, mientras que el sistema que defienden los que nos bautizan cabeza de delivery sólo nos ahogó de impuestos delirantes (incluida la inflación) y negó cualquier oportunidad de crecimiento real a los no acomodados en la superestructura oligárquica progre. ¡Ah, pero Uber! Si no hubiera sido por estas aplicaciones que nuestros taimados estatistas intentaron regular, cerrar, expulsar, muchos de nosotros no hubiéramos sobrevivido a este gobierno grotesco que ahora deja al país ahí tirado como un perro agonizando al costado de la ruta.

Pero uno quiere progresar, ¿vio? Entonces me compré por internet un curso de ventas. Lo pagué en tres cuotas de veintisiete mil. Lo pensé mucho, no son gastos que me pueda permitir alegremente. Hoy llegó el resumen de la tarjeta: Primera cuota: ¡Setenta mil! ¡Apenas el triple de lo que yo había contemplado! ¡Sólo me aplicaron 160% de impuestos! ¡Qué son cuarenta y tres mil mangos extras por cuota para un cabeza de delivery! No hay que ser egoísta, che, después de todo, alguien tiene que bancar que María siga incursionando en el cine, ¿no?

Ante el inequívoco y furioso grito de las urnas, estas ternuras patrioteras que nos robaron durante décadas y arruinaron a futuro, anuncian que saldrán a resistir (léase pudrirla). Lógicamente, no aceptan las reglas de la democracia, porque tanto la izquierda anacrónica y delirante, como la otra inefable bolsa de gatos, están plagadas de golpistas violentos y depredadores. Ahora nos toca resistir a los zoombis (zombis), y lo haremos al son de Almafuerte: “¡Que muerda y vocifere vengadora, ya rodando en el polvo tu cabeza de delivery!”.



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