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Un potente analgésico de acción retardada.

ES MENESTER VOTAR AL MALO


 

Por Pablo Laborde


Todos mentimos y engañamos; todos tergiversamos, exageramos y omitimos, todos, de algún modo, dañamos. Todos somos malos. Pero hay tipos especializados en la materia, expertos, profesionales. Los más malos de todos. Se hacen llamar “los buenos”.

Los buenos se autorizan como exégetas de “la gente”, o cuando se ponen oleaginosos, del “pueblo”; luego, todo sobreviene en el clásico avasallamiento del individuo en favor de un colectivismo totalitario copiado de otras épocas y regiones.

Mediante una simbiosis parasitaria con sus súbditos, cooptan el pensamiento individual y reflexivo con espejitos, melodías pegadizas, eslóganes y épica cursi. Cualquier individuo de esa grey al que se le proveyera una rehabilitación, apenas sobrio, percibiría la melodía pegajosa, mortalmente adhesiva, y tal vez buscaría despegarse de la piel ese pegote letal. Pero no suele ocurrir, porque la sinapsis neuronal lleva décadas conectando los neurotransmisores del placer con los del subsidio, el plan social, el privilegio, la dádiva y el clientelismo.



Pero los buenos no hacen nada de calidad y a largo plazo por esas criaturas que dicen proteger. Sólo dan golpes de efecto, paliativos, carísima pirotecnia solventada con el yugo de un contribuyente asfixiado al que exprimen y extorsionan. Porque rapiñan lo público y lo privado sin el menor pudor, lo depredan todo: inventan ministerios, se reparten cargos, fagocitan el fruto del trabajo de la mayoría en incomprobables problemáticas de ínfimas minorías, anulando arteramente y a propósito el sentido común y las prioridades. Despacito y en silencio, se han robado la propiedad intelectual de sus acólitos, y por efecto cascada, la propiedad material del soberano drenó también hacia sus arcas.

Los buenos consiguen la adhesión moral de sus fieles a través de alocuciones de impronta emotiva y voz quebrada, en que se golpean el pecho y claman lo buenos que son, prometen y juran, y culpan a “los malos” de todos los males. No son inteligentes ni sofisticados, sino elementales y empalagosos; y sobreactúan, coucheados por actores militantes que necesitan seguir pagando la mucama, el Iphone y la última versión de termo Stanley; con todo, para detectar el acting, es imperioso no haber consumido su droga más dura, la del fanatismo. Y dicho sea de paso, nuestra elite cultural parece que tomó mucho y de la mala, porque se ufana de vanguardista y aguda, pero se le escapa el trazo grueso, la falta de matices, la falluteada, la hipocresía, la mentira, y hasta el crimen, y les regalan a los buenos el oro, en una ceremonia obscena en la que se soban mutuamente; y reparten.

Entonces festejan pletóricos, arrogándose la pasión folclórica, el Ser argentino, el compañerismo y los días soleados; se apropian de todo, hasta del concepto y objeto de los Derechos Humanos. Pero en verdad se los pasan por los fondillos, no les importan ni la verdad ni la justicia, sólo buscan imponer su versión adulterada, la que les conviene, porque no fueron ni son derechos ni humanos. Ergo, se roban el significante, el título, y lo enmarcan y cuelgan en el despacho, como un cruel cazador de caza mayor colgaría en su pared la cabeza del rinoceronte. Pero no les importa la criatura, les interesa el trofeo. Y la impunidad, y que siga el relato.

Si sus artificios se descascaran, recurren al golpe bajo, echan tierra a los ojos: inventan cifras, adulteran los datos, tergiversan los acontecimientos, alteran las fechas, reinventan la historia. Pero eso sí, son versados en supremacía moral.

¿Qué clase de entidad abyecta reinventa la historia? Porque si la historia la escriben los que ganan, entonces quiere decir que hay otra historia, ¿no decía así la canción? Y los buenos han ganado casi siempre. Entonces, ¿cuál es esa otra historia que no dejan conocer? No aman la democracia como declaman, sólo la usan para saciar sus apetitos bestiales. ¿Cómo sonaba esa tonada? Ah, sí: ¡Al que no le gusta, se jode, se jode! ¡Qué ternura las canciones democráticas, inclusivas y tolerantes!

Se actualizan: el bebé alzado en brazos de los actos proselitistas creció, y se convirtió en un cuarentón drogón y pendenciero al que nadie le cree nada, entonces debieron hacer un update, y manotearon del bebesit un nuevo bebé, que les viene bárbaro porque —pobrecito— nació contrahecho, y garpa: lo bautizaron lenguaje “inclusivo”. Veremos a sujetos primarios, machistas recalcitrantes de toda la vida, balbucear el “todos y todas”, el “los y las argentinas”, y demás engendros lingüísticos de trasnochada y foránea ingeniería social. Aplaudirán los aplaudidores. Y las aplaudidoras.

Es que son maestros del arte camaleónico, una suerte de izquierda de IPhone y mundiales en Qatar; de jubilaciones millonarias y vacaciones paradisíacas; de autos de colección, yates fastuosos y meretrices famosas; de relojes y carteras de cuatro ceros en euros; de cajas de seguridad con millones de dólares. Idolatran y adoran a todo forajido comunista, pero son adictos al bienestar que provee “La derecha”.

Pero los buenos se fueron quedando sin alfiles, porque todos están muy manchados. Además de ser concretamente inútiles y habernos llevado a la ruina. Y ahora rascaron eso pegoteado en el fondo de la lata, una sustancia rancia, vencida, descompuesta. Y amasaron un muñeco “bonachón”, enajenado por un afán de poder maquiavélico que podría confirmarnos, no sin dolor, que aunque no lo veamos, el mal siempre está.

Alimentan y preparan a la bestia, maquillan y disfrazan al fullero más astuto y voraz que ha dado la región, una versión telúrica de Francis Underwood. Y para variar, a nuestro Frank criollo también lo disfrazaron de demócrata y progresista, o sea, le sacaron el carnet de “bueno”. Ya nadie lo frenará, porque está desesperado por acceder al poder absoluto. Gobernará diez, veinte, cien años. Hasta que no quede nada. Ni nadie.


Francis Underwood, interpretado por el magnífico actor Kevin Spacey

En su trepada, Frank ya usa las cabezas de sus creyentes como peldaños para escalar al pedestal desde donde miente flagrantemente con su inefable cara de póker, aprovechando la rasgada fibra emocional de buena parte de una sociedad patriotera y adolescente, desinformada, en tándem con los tendenciosos y encubridores medios de comunicación, que en su inmensa mayoría le pertenecen o le temen. Porque no cabe duda, Frank ya viene con poder, y mucho. Pero va por más.

¿Qué nos queda entonces?

Aceptar que lo perfecto es enemigo de lo bueno. Hoy, a los puristas, impolutos e inflexibles se los devora el bueno de Frank; y todo parece indicar que traían desde antes la vocación de ser trozos sólidos disueltos en los jugos gástricos de su nuevo líder. Hay que olvidarse de esos traidores, muchos siempre sospechamos su ánimo ambiguo.

¿Quién entonces?

El que no es un delincuente común o un cómplice, y principalmente y a diferencia de Underwood, no es un sicópata. Y los buenos aseguran que es “el malo”, razón de sobra para saber que es menester votarlo.




*Nota original en Diario Perfil:





 

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