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Un potente analgésico de acción retardada.

EL CERDO



Al enorme Ignatius



En verdad os digo:

 sucumbirá al abismo

 quien endulzare la mentira

 con la miel del eufemismo.


Adefesios 7:13



 

Por Pablo Laborde



Sin el ultimátum del galeno, Abelardo jamás pisaría aquel lupanar, donde osaron “permitirle el ingreso como excepción”, con la perentoriedad estalinista de presentar un apto médico. Tal exigencia resultaba cuanto menos extravagante, toda vez que el cardiólogo lo mandaba al gimnasio con la peregrina idea de restablecer su salud perdida. ¿Cuál era entonces la lógica de certificar una salud perdida que allí se procura, justamente, recuperar? Como si fuera poco, la platinada recepcionista le había informado que el armario costaba otro dinero; haberlo sabido, él no hubiera venido de funda y montgomery: estos “espacios seguros” de la modernidad carecen hasta de un elemental perchero.

Desde su mostrador, Jacqueline observaba enojosa cómo el obeso de enagua enganchaba ese sobretodo asqueroso en el grip de la máquina de pectorales mariposa. ¡Estaba loco! Cuando viniera la trola de Romina la iba a pudrir, ¡pero qué podía hacer la pobre Jacquie!, que ya agotó su cuota del día con la escena que le hizo el gordo disfrazado al momento de inscribirse.

El profe Richard, máxima autoridad en materia de musculación, seguía con celo escrutador los pasos de Abelardo, y tomaba debida cuenta de la reacción airada del estudiantado: los ojitos entornados y las narices fruncidas de los gimnastas acusaban fetidez ante el paso del estrafalario individuo. Preocupante. ¿Cómo explicarle al nuevo las estrictas normas de higiene del establecimiento? Resultaba poco conveniente el desaseo en un espacio más bien reducido, poco ventilado, infestado de una cantidad ingente de cuerpos en acción; odorantes, calientes, húmedos. ¡Pero es que la flácida carnosidad del recién ingresado desafiaba récords! ¡Y esa ropa! ¡Qué era ese quimono! Como fuere, fiel a su compromiso profesional, el profe Richard juntó coraje, se presentó ante el educando, y le propuso entrar en calor en la caminadora.

Trepado en la inestable cinta, Abelardo observaba al instructor de soslayo y con sospecha: el atuendo festivo que exhibía sin pudor, de tan ceñido, volvía obscenas sus protuberancias cárnicas. ¡Por qué no se ponía una funda como un buen cristiano! ¡Y ese perfume frutal! Vaya descaro. Entre tanto hermafrodita, debería custodiar su reciedumbre tradicionalista.

Después de cinco lustros de inmovilidad y cinco minutos de cardio, las enfundadas carnes de Abelardo comenzaron a emanar un hedor de lechosidad agria curada con cenicero mañanero. Las crenchas, de por sí sebosas, se soldaban a la cara a medida que avanzaba inútilmente hacia la nada en el artefacto. El vapor fue espesándose hasta el punto de él mismo cuestionarse si no hubiera sido prudente rendirse a la moda y calzarse ballenera y maillot. La funda no resultaba tan fresca después de todo, aunque era por supuesto más elegante que el bombachudo lila del tal profe Richard.

Las caminadoras contiguas fueron quedando vacantes, emigrando los aerobistas en busca de un aire menos cargado. Abelardo sabía que lo curioseaban, lo husmeaban... pero él no renegaba de sus emanaciones ni necesitaba enmascararlas con desodorantes como aquellos progresistas.

La señora Romina, dueña, llegó al gimnasio voceando al celular en altavoz. La petarda de uñas de garra iba tocada con una capelina de fieltro verde musgo que le daba apariencia castrense, alemanota de Villa Ballester; y cada dos palabras repetía con tono pendenciero la muletilla “nada, eso”, reafirmando cada fragmento de su perorata con la interrogación final “¿sí?”. La irrupción de la mujer en sus dominios no fue indiferente a empleados ni socios, que siguieron su recorrido hasta que franqueó la barandita de la entrada y se metió en una sala reservada, haciéndole señas a la recepcionista de que la siguiera.

Abelardo concluyó su tiempo en la caminadora. En el descanso, observó cerca de él a un compañero hincado hasta tocarse la punta de los pies; y ante la ausencia de asesoramiento, ya que el profe Richard examinaba sus pantagruélicos dorsales frente a un espejo a varios metros de distancia, decidió imitar al otro alumno, estirarse. Había oído acerca de la famosa elongación, e intentó no depender tanto del docente, ser más autodidacta, iconoclasta, y se agachó, nomás, a tocarse los pies. No lo consiguió, acaso por el abultamiento del abdomen, aunque también pudiera haberlo desconcentrado el ingreso de aquella casquivana impertinente que gritaba por el teléfono. Con todo, la posición no tan acostumbrada favoreció el escape de un viento sonoro, que al cabo de unos segundos se confirmó pestífero. Ah, no, murmuró el que elongaba cerca, y se alejó de la zona corrompida.



Ignorante de la fermentación etérea, se acercó por fin el profe Richard, y Abelardo aprovechó para compartir una inquietud con el experto: Es que temía que el entrenamiento de pesas convirtiera su cuerpo en el de uno de esos sujetos elefantiásicos de musculosas holgadas y espaldas granosas que pululaban por el local dando alaridos y arrimando los discos con violencia tiranosáurica. Richard lo instruyó acerca de la total imposibilidad de tal transmutación. Y remató: Si terminaste en la caminadora necesito que me completes unos datos. Abelardo tomó la ficha y la birome, y el profe fue a refugiarse a la recepción de Jacqueline.

Este gordo de dónde salió.

Y ella.

No sé, es un desubicado... y viste el olor que tiene...

Y el profe.

Pufff... y cuando me acerqué recién se había tirado un pedo.

Y Jacqueline de nuevo.

Re gede, boludo... ¡Y esa enagua!

El gaseo incontenible de Abelardo solía preceder el punteo de estructuras sólidas, de avecinarse una exoneración, sería juicioso establecer cuanto antes un canal de vaciamiento y depósito. Andaba mejor, incluso sin haber ingerido ese siniestro y repulsivo yogur violeta que recetaban el médico televisivo y su legión de actrices estreñidas. ¡Albricias! Se regularizaba, nomás. De seguir entrenando a este nivel podría sorprenderlo incluso una segunda deposición, la otrora reservada a horas vespertinas, animado el peristaltismo por el habano crepuscular.

La señora Romina egresó de la zona interna ya sin gritarle al teléfono, más atenta y desconfiada, observante. Detrás del mostrador de recepción, altiva y requirente, daba directivas y manoteaba groseramente carpetas, talonarios y demás elementos de la administración, lanzando cada tanto una mirada recelosa a Abelardo, que fingía no reparar en la mujerzuela, aunque la percibía con desagrado. De semblante huraño, la empresaria fitness agachó la vista a los papeles sobre el mostrador de recepción, hasta que llegó a hacérsele patente el aleteo nasal. Qué es ese olor, disparó seguidamente; y al detectar el montgomery colgado: Y qué carajo es eso...

Inquietos, Jacqueline y Richard se permitieron asimismo y por detrás sonrisitas triunfantes. La señora Romina se acercó a donde pendía el abrigo; lo observó desde una distancia prudencial, con cauto acecho, tal como un cuervo escudriñaría un animal moribundo aún no convertido en carroña, las fosas nasales aleteándole a un ritmo loco. Después, volvió donde sus empleados.

Sacame esa porquería de ahí, ordenó a Richard, colérica.

Y a Jacqueline, a media voz: ¿Vos dejaste entrar a este gordo...? Me va a espantar toda la gente.

La recepcionista quiso ser comida por la tierra, pero qué remedio. Ella no tenía autoridad para efectuar una especie de derecho de admisión. Le parecía comprensible el reclamo de la jefa, sí, pero qué hacer con los protocolos de inclusión y diversidad que bajaban desde la gerencia, refrendados en el discurso diario y en la directiva expresa de la propia señora Romina. Para desligarse de responsabilidades y justificar su inacción preventiva y punitiva respecto del caso del gordo oloroso, y en virtud del lenguaje crudo de la dueña, Jacqueline creyó oportuno señalarle los cartelitos diseminados por el local mecanografiados en idioma incluyente; mas la empresaria no captó la indirecta, por lo que, autorizada por el breviario del buenismo, Jacquie se atrevió a ponerlo en palabras, disfrutando en su fuero íntimo la irritación a la que sabía sometería a su jefa: Y bueno, Romina, todes tienen derecho..., sugirió con tono melifluo y provocador.

Fastidiada, metiéndose los mechones rebeldes dentro de la capelina, la señora Romina farfulló entre dientes:

Pero qué todes, boluda... eso es márquetin para la gilada.

Jacqueline enmudeció. No era la primera vez que la jefa usaba palabras fuertes para con ella. A veces le decía “boluda”, sí, pero más bien como un vocativo, de un modo canchero, informal... una manera de estar en la onda; porque claro, la señora Romina era una oldie, eso que los machirulos llaman milf, y hablar así, de boluda a boluda, se ve que la hacía sentirse joven; pero ahora el “boluda” no había sido amigable... ¿Y la sororidad esa de la que hablaban las chetas? Tal vez las diferencias fueran más socioeconómicas que de género... pero qué sabía de eso la pobre Jacquie, que ya con venir todos los días desde Catán a recibir niños ricos tenía suficiente karma.

La señora Romina se dirigió a un atribulado Richard.

Escuchame, andá y descolgá esa inmundicia de una buena vez.

Pero qué hago, quiso saber él.

Y yo qué sé, prendelo fuego, no sé, pero sacalo de ahí.

El profe marchó temeroso a descolgar el gabán.

Esto no puede quedar acá, dijo, alcanzándoselo a Abelardo, que agarró su abrigo de mala gana, lo dobló y apoyó en un banco lateral. No, mejor llevalo al vestuario, ordenó Richard, rozándose las yemas de los dedos como si se despegara una pátina oleosa.

De mal modo, Abelardo apoyó sobre el banco la ficha que le habían dado a completar, y se dirigió al vestuario a colgar su capote, en un armario que finalmente debería pagar. ¡Qué aceitado tenían el engranaje estos piratas!

Pero la cosa no quedaría así, porque la señora Romina no iba a permitir que un individuo morfológicamente cerdoso, de olor acre... y con pollera, viniera a alterar los códigos de estética visual y de estética moral del templo que ella había sabido construir con el sudor de su frente (y también de las frentes de sus padres, sucesión ab intestato mediante, sin que la segunda resudación quitara mérito a la empresa). Es hora de llamar a Ramona, musitó. Entre ellos sabrán entenderse, conjeturó. ¡Dónde está Ramona!, inquirió impaciente la señora Romina.

Fue al chino a buscar lo de limpieza, respondió Jacqueline, resentida. Ah, bueno, justo, ahí viene, completó al instante.

De bajísima estatura, rasgos aborígenes, y cargada con bolsas repletas, entraba Ramona.

A ver, Ramona, venga, dijo la señora Romina, sin dar tiempo a que la mujer siquiera descargara los bultos.

Escuchemé, ve a ese gordo...

Al distinguir Ramona al hombre grueso de túnica que salía del vestuario, una mueca de sombría resignación le cruzó el rostro. La dueña continuó:

Bueno, va y le explica con sus palabras que no puede estar en el gimnasio con ese olor, que la higiene es prioridad en Radical Zone.

Ramona escuchaba con la cabeza gacha, la señora Romina completó: Y dígale también que se tiene que poner ropa de gimnasia.

La abnegada mujer se acercó cansinamente al referido.

Acostumbrada a limpiar inodoros, recoger toallas femeninas y papeles higiénicos usados, trapear vómitos bulímicos y diarreas anoréxicas, parecía en principio inmune al efluvio abelardiano. Ramona fue al punto:

Señorito, me dicen de que usted se limpie un poco.

¿Qué?

Que dice la señora Romina de que no puede estar así crudito en el Radicalzón...

¿Qué dice de mi calzón?

Abelardo no llegó a entender si la nativa pretendía que él se quitase la funda y quedara en suspensorio, hasta para un alfa d'avant-garde como él eso resultaría un desatino. Aunque ya nada lo sorprendía en este manicomio.

Sin insistir, Ramona volvió a la recepción con el parte negativo, por lo que la señora Romina decidió tomar el asunto en sus manos. Como en un tic nervioso, muy nervioso, acomodó bruscamente algunos elementos de escritorio, se metió el pelo díscolo dentro de la capelina, se preparó, y arremetió hacia el espacio vaporosamente conquistado por el cochino sedicioso. Al acercarse, un reflejo involuntario la obligó a colocarse el pulgar y el índice en forma de pinza sobre las aletas nasales, aunque enseguida, para poder hablar, debió liberar las fosas.

Abelardo, ¿no?, apuró con voz nasal, como queriendo sacarse de encima el trámite cuanto antes. Cómo te va... Me cuenta Richard... Pucha, no era tan fácil plantear la cuestión... Nada, eso... que andás medio remolón con el baño. ¿Sí?

Abelardo no salía de su asombro. ¿Es que no lo iban a dejar ejercitarse en paz? La mujer prosiguió:

¿Vos leíste el reglamento de Radical Zone?

¡Otra que viene con lo del calzón!

¡Oiga!

El intercambio llegó a oídos de Lorna, estudiante inveterada de sociología, que llevaba desde hacía décadas... bueno, no décadas, sólo algunos meses… pero sí llevaba una lucha encarnizada contra la supremacía de los cuerpos hegemónicos y la tiranía del heteropatriarcado, y no iba a permitir que delante de ella se oprimiera a una chica trans. Caramba, Lorna tampoco quería asumir su género, tal vez sería más apropiado preguntarle por sus pronombres... pero ¡vamos!, no debería ser tan estructurada, tan conservadora; después de todo, ese jumper amarillento no podía ser otra cosa que el vestidito con que elle se siente cómode para su transición... Como vegana, Lorna consideró que fuera lo que fuera “esa gordita simpaticona” (y se castigó internamente por las palabras prohibidas), se trataba asimismo de un ser sintiente, además de una hermana luchona, claro, y como tal merecía su confianza ciega y conmiseración. Por suerte, el voluntariado en el refugio canino había hecho a Lorna invulnerable al olor a perro mojado... aunque la agudeza olfativa también pudiera haberse resentido en las zapadas con su banda de punk rock menstruante The George’s Sororas, en la no tan oreada sala de ensayo exclusiva para pibas Las Verdes en Zolves.



Lorna interpeló a la señora Romina:

Mirá, disculpame que me meta, pero no podés insinuarle eso a une persone..., dijo, crispada.

Y la dueña, iracunda:

No entiendo, qué insinué...

¡Que tiene olor!, gritó Lorna en voz baja, me parece que son muy de derecha acá.

Abelardo observaba a distancia segura la pendencia que se gestaba entre esas dos. La señora Romina se agarró la capelina y se la metió bien metida, como si quisiera esconder la cabeza como un avestruz. Después, se alejó visiblemente cegada de odio.

Lorna se acercó con paso decidido a Abelardo:

Sólo solidarizarme con vos... Acá no respetan las diversidades, las cuerpas disidentes... ¡No te quieren empoderade...! Y con el puñito en alto como una aterradora proctóloga: ¡Se va a caer!

Pero ¿de qué demonios hablaba aquel organismo? ¿En qué idioma? Abelardo había quedado de una pieza.

¿Perdón?

Lorna, enardecida, insistía:

¡Y la muy fascista se escuda detrás de una representante de los pueblos originarios...! ¡Acá hay niñes! ¡¿Dónde están sus mapadres?!

En efecto, la joven manifestaba un considerable retraso mental, tal vez alguna severa anomalía de la médula oblonga: se hacía ostensible en su inoportuno e invasivo intento de diálogo, en la dificultad para pronunciar ciertas palabras, farfullando esa suerte de francés nomenclador, atormentado y petulante; pero sobre todo podía apreciarse en la incoherencia conceptual de su soflama.

Ahora Lorna dirigía su encono a los gritos hacia la señora Romina:

¡No solo racializás la marronidad, sino que hacés apropiación cultural y estigmatizás con el estereotipo de la boliviana que limpia...! ¡Un ejemplo pésimo para las juventudes y las infancias...!

Estupefacto, Abelardo aprovechó para alejarse en puntas de pie de la extraviada.

Pero la señora Romina era mujer de muy pocas pulgas, y regresó a la zona radical escoltada por la recepcionista Jacqueline y el profe Richard. Sin solución de continuidad, pretendió arremeter contra Abelardo, pero este ya disparaba a paso raudo hacia el vestuario, afanado en sacarse de encima a la enajenada con problemas de dicción.

En su embestida, la señora Romina ametrallaba: Miren, en mi gimnasio hay reglas. Al que no le gusta...

A Lorna se le escapó Abelardo, pero interceptó a la dueña:

¡No te voy a permitir!, desafió.

Y la empresaria a Lorna:

¡Qué no me vas a permitir, ridícula!

Jacqueline y el profe se miraban aterrados, sin saber qué hacer frente al altercado. La señora Romina dirigió su diatriba a Lorna:

¡Mirá, sabés qué... algunos socios mejor perderlos que encontrarlos! ¿Sí? Así que nada, eso... en recepción les van a devolver la plata. Llevátelo al gordo si tanto te gusta. Cabeceó hacia Abelardo, que franqueaba la puerta del vestuario. Y ya que está, ¡bañalo!

Y Lorna: ¡Vos no tenés ningún derecho, yo te voy a denunciar!

Dale, denunciame, ¿sí? Y violenta, hacia su empleada: ¡Jacqueline, dales el mes que pagaron! Hacia el profe Richard: ¡Nada, eso, delen el doble! ¿Sí? ¡Pero listo! Una exaltada señora Romina gesticulaba enloquecida con ademanes elocuentes para que sus empleados escoltaran a los cancelados a la salida.

Jacqueline no sabía qué sentir ni qué hacer: por un lado, le daba pena el gordo oloroso, no obstante su aspecto y peste eran tremebundos; por otro lado, la señora Romina le pagaba una miseria, la explotaba y maltrataba, pero podría liberarlos de Lorna, la cheta snob y agrandada que siempre la miraba desde arriba y molestaba pidiendo cosas raras de cheta snob y agrandada.

Por su parte, Richard tampoco sabía qué sentir: había trabajado mucho para deconstruirse, adoctrinado por la misma señora Romina, incluso habiendo aceptado su invitación al sótano swinger Sodorra y Gomosa, ocasión en que la jefa lo arengara y convenciera de prestarse a prácticas sodomitas pasivas, con el argumento de que no fuera tan machista y se abriera a las nuevas masculinidades, aunque él sospechara que tal pedido era al único efecto de satisfacer las estrafalarias fantasías sexuales de su jefa, “que sólo quería ver”. El pobre Richard había entregado mucho... demasiado... lo había entregado todo... y ahora la señora Romina lo instaba a un acto patriarcal por excelencia como lo era echar al gordo y a Lorna. Sin duda, tal acto colisionaba con su nueva condición de aliade.

Al mismo tiempo, Lorna parecía haber olvidado a su defendide del vestidito ambarino, que había desaparecido de su vista, y centraba ahora su misión en enseñarle nociones básicas de derechos humanos a esa cerda capitalista.

Todo se había complicado mucho.

Agotado, más por la riña de gallos que contemplaba con juicioso alejamiento que por el mismísimo ejercicio, Abelardo consideró imperioso abandonar ese loquero. La modernidad no iba con él, no había caso.

¿Había entendido bien? ¿La nazi de la boina pretendía expulsar a la pobre minusválida intelectual? Él no iba a consentir semejante ignominia, no sería cómplice de segregación. Si fuera el caso, tal vez contactaría al doctor Palanca para iniciar una querella contra esa guarida racista.

Al llegar a la puerta de salida, apreció cómo ese cardumen de hippies atléticos ansiaba receloso su retiro, sintió patente su animadversión. Observó una vez más a la demente marcial ensañada con la retardada, que se defendía como podía en su idioma imaginario. Vaya a saber sobre qué discutían, vaya a saber sobre quién. Aturdido por el cuadro dantesco, Abelardo se percibió atrapado en un emporio de criaturas subhumanas. Y lo más grotesco era que los había oído llamarse unos a otros ¡culturistas! Habrase visto tan fecunda proliferación de abominaciones.

Lo cierto es que tanto lumpen le había revuelto la tripa, y el astro que ya asomaba por el horizonte urgía el retorno a zona franca. Altivo, se calzó el capote sobre los hombros, así, encima de la funda, con el charme propio de un homme qui voyage, echó un último vistazo a ese desgraciado factor humano, y abandonó in saecula saeculorum aquella inefable colección de mersadas.



 

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