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Un poderoso analgésico de acción retardada.

INCLUSIƓN ALL EXCLUSIVE

  • Foto del escritor: Pablo Laborde
    Pablo Laborde
  • 28 ago 2020
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 27 nov 2025

Cómo la elite progresista declama inclusión excluyendo.


Por Pablo Laborde


En agosto de 2020, el Banco Central de la RepĆŗblica Argentina presentó una guĆ­a de uso de lenguaje inclusivo, para ā€œpaulatinamente migrar de la masculinización del lenguaje a la interpelación de todos los gĆ©nerosā€.

Podrƭa contemplarse la iniciativa como un afƔn de justicia, si deshacer el idioma fuera el camino a una sociedad mƔs justa. Lo cierto es que la medida, presentada como proponedora, es bajada desde el instructivo de un organismo estatal. Es decir: no puede sino ser imperativa.

Una sociedad mÔs inclusiva debería constituirse sobre los pilares de la libertad, la verdad, y el respeto, no bajo la coacción de una nomenclatura diseñada en un laboratorio de ingeniería social. ¿Qué dirían los portavoces de esta afectada jerga si un grupo ideológico antagonista instalara, de prepo, una jerigonza similar?

La imposición del LI es autoritaria en tanto es, justamente, una imposición. Se desprecia la opinión de millones que consideran su implementación un atropello al sentido comĆŗn y a la libertad. Quienes dicen representar a todos y todas y todes avanzan implacables, blindados por la corrección polĆ­tica, y desmantelan cualquier disidencia mediante el adjetivo ā€œfachoā€; la manida chicana reduccionista con que el autĆ©ntico espĆ­ritu totalitario suele anular al individuo, mayormente personalizado en el republicano independiente o el liberal, aunque en verdad suele tratarse del ciudadano comĆŗn.



Una simple encuesta constatarĆ­a cuĆ”n grande es esa masa que soporta, resignada, que se dilapiden sus impuestos en funcionarios adolescentes puestos a dedo y cuya declaración mĆ”s notable es decir ā€œles pibisā€; o en circulares de organismos oficiales, que aun en la actual situación de emergencia, usan el tiempo y el erario para insignificancias, cuando no para cometer gravĆ­simos abusos inconstitucionales —la resolución de la IGJ de cupo femenino en sociedades privadas, por ejemplo—. Basta ver los comentarios de los diarios —comentarios de lectores, desde ya— para advertir el descontento social. Estamos obviando, claro, los pasquines comprados por el RĆ©gimen para propaganda, que no son pocos.

Pero a ellos no les importa. No preguntan. No escuchan. No son realmente inclusivos. Incluyen a algunos, y avanzan sobre la libertad de otros. La otredad es apenas una abstracción que gustan declamar: hay otros... y otros. Independientemente de lo cacofónica y antojadiza, la forzada gesta inclusiva se torna exclusiva. Incluso, excluyente, toda vez que excluye a la mayoría silenciosa, la que no se alimenta en los comederos del feedlot de la hegemonía progre.



Algunos defensores de estas polĆ­ticas "identitarias" aducen que quien no se sienta cómodo con el LI estĆ” en su derecho de eludirlo. Pero tal elusión se hace imposible cuando se oficializa la normativa en una dependencia pĆŗblica: no sólo cercena la libertad de expresión en general, sino que en particular violenta a aquel empleado discrepante que no se sentirĆ” nada cómodo obligado a decir ā€œoficialaā€ o ā€œles usuariesā€; y serĆ” condenado a sentirse ridĆ­culo, o a exiliarse en otro empleo, si lo encuentra.

Este tipo de medidas sintonizan con el Ć”nimo censor de la Thought Police vernĆ”cula: incluso fuera del Ć”mbito estatal, ya nadie puede hablar naturalmente, y la gente anda cuidĆ”ndose de ofender a algĆŗn ente hipersensible. Cualquiera puede ser enviado a la hoguera por un Supremo Tribunal Oscurantista, que dicho sea de paso, lo primero que se cargó fue el humor: sin ir mĆ”s lejos, hace un par de semanas, ā€œRenunció el flamante presidente de arteBA, criticado por sus chistes sexistasā€. Al entrar en la escena del ā€œcrimenā€ podemos encontrar pavadas de mal gusto, pero que no deberĆ­an ofender a nadie en su sano juicio; no obstante, ese y otros fusibles en serie fueron removidos. ĀæPodrĆ­a especularse con un ardid para colocar fusibles de otra fabricación? ĀæUna cancel culture criolla? Como sea, mataron la mosca de un escopetazo.



Pero es todo una farsa: llamar al negro ā€œno-blancoā€ no impedirĆ” la eventual agresión de algĆŗn cretino racista. Ese tipo de eufemismos son mĆ”s discriminatorios que la palabra que esconden. Entre otras cosas, porque presuponen que hay algo que esconder. No hacen mĆ”s que segregar, parecieran una burla y un seƱalamiento. Es increĆ­ble que haya que aclararlo, pero el negro no tiene por quĆ© ocultar su hermosa piel bajo tĆ©rminos rebuscados que inventan blancos culposos de clase media alta.

Puertas adentro, al negro se le sigue diciendo negro, porque la gente no es idiota y sabe que el negro es negro, el blanco es blanco y el amarillo es amarillo. La buena persona no respeta el color de piel, respeta a la persona. Y si el negro, blanco o amarillo es un imbĆ©cil, dejarĆ” de respetarlo. No por negro, blanco o amarillo, sino por imbĆ©cil. Un meme que circula por ahĆ­ dice: ā€œA un niƱo no se le enseƱa a respetar a un gay, se le enseƱa a respetar a todos. No se le enseƱa a no pegarle a un negro, se le enseƱa a no pegarle a nadie. No se le enseƱa a no maltratar a una mujer, se le enseƱa a no maltratar. El problema es de aquel que quiere diferenciar los respetosā€. Y podrĆ­amos agregar que ese ā€œdiferenciar los respetosā€ no es mĆ”s que una maniobra solapada de algunos colectivos supuestamente sojuzgados para conseguir privilegios.



Los caudillos de la inclusión actĆŗan como ese cónyuge divorciado que consiente los caprichos de sus hijos pequeƱos (las ā€œminorĆ­asā€) en pos de liberarse de culpas y responsabilidades adultas (gobernar de verdad y para todos), y dejan al otro cónyuge la tarea realmente difĆ­cil: educar con lĆ­mites, hacer el ā€œtrabajo sucioā€. Los niƱos verĆ”n al primero como bueno y al segundo como malo, pero esa percepción serĆ” sentimental y manipulada por el cónyuge irresponsable y cómodo. Y si damos vuelta la moneda, colectivos fĆ”cilmente influenciables (a veces de verdad postergados; otras veces, no) son maniobrados emocionalmente desde la mĆ”s clĆ”sica demagogia, con prerrogativas que jamĆ”s se cristalizarĆ”n en resultados concretos en el mundo real.

Y sucede que es propio del humano el rechazo primario a lo diferente, porque deriva del miedo antropológico. El niño prueba sus armas, y puede llegar a ser cruel. Ningún ser humano cambiarÔ su esencia porque se le meta con un embudo la pócima del LI, sólo sofisticarÔ el arte del agravio, se harÔ mÔs hÔbil para esquivar la punición, se harÔ mÔs cínico, hipócrita, mentiroso, aparentemente inofensivo y ulteriormente violento. La manera de ir a una mejor sociedad es tomar la dirección opuesta a cualquier experimento que imponga instrumentos de discriminación, incluso, a veces, de discriminación positiva. Se debe educar desde la libertad y el respeto real.

Decir ā€œamigosā€ alude a hombres y mujeres. El espaƱol ya es inclusivo, y discriminar en ā€œlas y los argentinosā€ es todo lo contrario a incluir (ademĆ”s de un disparate gramatical). Puede entenderse que gente de buena voluntad y espĆ­ritu justo, interpelada por el constante bombardeo inclusivo fogoneado por un grupo de poder, procure subirse a la ola con esa tabla de surf importada; pero otros han decidido usar el LI (coloquialmente y medio en broma: en la actividad formal les serĆ­a imposible) como una especie de provocación, y comienzan los mensajes de grupo de whatsapp con un ā€œamiguesā€ burlón. ĀæNo supone una prepotencia nada inclusiva asumir que todos los interlocutores hablan ese ā€œidiomaā€, o que deben aceptarlo de facto? Tal vez la impronta polĆ­glota derive del devaneo onanista de una travesura adolescente, como un pibe de secundario que le pone el carcajómetro a la profe de geografĆ­a; pero tambiĆ©n puede que se venguen del ā€œfachoā€ que osa jugar por fuera del severo mandato de la corrección polĆ­tica. Y lo mĆ”s llamativo es que, inquiridos al respecto, algunos reaccionan con bronca: ā€œYa nada va a ser igualā€; ā€œDespedite del mundo tal cual lo conocĆ©sā€; ā€œLos dinosaurios van a desaparecerā€, y parecieran contenerse de sellar esas sentencias con apelativos como ā€œretrógrado o reaccionarioā€, complacidos con que una fuerza superior a la de la libertad, que parece ser la de una pretendida igualdad, nos apoye en la cabeza la espada del nuevo paradigma: ā€œserĆ”s igual, o no serĆ”s nadaā€. Y uno comprende entonces que la cruzada no es inclusiva, ni siquiera lingüística: es ideológica.

Pero la equidad es desdeƱada, el mƩrito parece ser mala palabra. Y yo creo que estos arquetipos no tienen nada de nuevo ni de progresista. Son, de hecho, bastante vetustos, y eso que se hace llamar progresismo se ha convertido en una especie de neopuritanismo inquisidor con cierto perfume stalinista, y carga con una ira contenida que a veces asusta. Si Orwell resucitara en esta 1984 argenta, dotada de su neolengua, su Policƭa del Pensamiento y sus ministerios encargados de reeducar en la doctrina del RƩgimen, posiblemente quisiera volver a morir.

Cuando un funcionario tartamudea el engendro tautológico denominado LI, cuando como un robot preseteado antepone al vocativo una y otra vez el ā€œlas y los y lesā€, se hace muy evidente el embuste populista, porque no es necesario en absoluto apelar a esa aliteración ridĆ­cula, y los lingüistas han explicado hasta el cansancio por quĆ© no lo es. Un charlatĆ”n de feria vendiendo el elĆ­xir del amor eterno sonarĆ­a mĆ”s creĆ­ble. Es justo lo opuesto a expresiones como ā€œahreā€, ā€œskereā€ o ā€œATRā€, que emergen espontĆ”neamente del universo adolescente, y penetran el idioma con naturalidad y no a la fuerza, como pretenden inocularnos el LI incluyĆ©ndolo en el calendario de vacunas. Y este flagelo de la fallutez discursiva es transversal y no tiene banderĆ­a partidaria, toda vez que abreva de enigmĆ”ticos lobbies ā€œfilantrópicosā€ forĆ”neos; y ya tenemos suficientes ejemplos históricos de ā€œfilĆ”ntroposā€ carismĆ”ticos que jaquearon la libertad con la excusa de salvar a los oprimidos.






© Pablo Laborde, 2026. 

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