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Un potente analgésico de acción retardada.

CABALLO ENTERO


 

Por Carlos Laborde *


Cuando reponía el agua del bebedero de las gallinas escuché los gritos de mamá que llamaba desde la galería. Dejé la regadera y fui hacia la casa. Se había quedado sin aceite y necesitaba una lata de “La Patrona”. Me dio la plata y dijo que me apure. Lejos de mí tardar, el aceite se usaría para freír esas hermosas milanesas mechadas con perejil que tanto me gustan.

No ensillé mi potrillo, mejor sería caminar un rato al sol, el almacén de “Coronel y Corvalán” quedaba a menos de media legua. Salí tranquilo, había olvidado la urgencia de mi madre y mi gusto por las milanesas. En el cruce del Camino Real y la calle que lleva a la estación del ferrocarril, me alcanzó el gaucho González montando su hermoso alazán; le decíamos el gaucho por su apego a las tradiciones y la ropa que usaba. Lo saludé con el debido respeto y él llevó su mano al ala del sombrero. Siguió su marcha delante de mí. Vistos desde atrás, jinete y caballo lucían desproporcionados. El hombre era más corpulento y entrado en carnes de lo que yo pensaba, y el flete —hermosura de animal— altivo y estilizado. Eso me recordó que González se jactaba de montar caballo entero, y supuse que esa condición le daba al alazán el porte diferencial que lucía.

Seguimos nuestros caminos, que luego supe llevaban al mismo lugar, él al trote corto se distanciaba un poco, pero nunca lo perdí de vista. Al llegar a la despensa, vi a González atar su caballo al palenque del despacho de bebidas, y vi también que el alazán, excitado, se alzó de manos y tiró a escaparse hacia el alambrado del campo vecino. González, con una agilidad que jamás le hubiera asignado, no solo lo contuvo desde el freno sino que lo montó. Tal vez no alcanzó a calzarse bien los estribos, pero lo cierto es que después de varios corcoveos y del vergonzoso aferrarse al recado, el gaucho González fue arrojado por sobre el pescuezo y su importante humanidad quedó desparramada en la tierra. El alazán corrió enérgico hacia el alambrado, detrás del cual llamaba con suaves relinchos una yegua baya.



Corcoveos, relinchos y las voces de mando con las que el propio González había pretendido someter a su monta llamaron la atención de los parroquianos que bebían en el despacho, y en buen número salieron a la puerta y presenciaron el desdoroso aterrizar del buen paisano en el mismísimo suelo. Al principio, solo risas y chanzas, luego algunos voluntarios se acercaron al caído y lo ayudaron a retomar su condición vertical. A mí también me dio risa, pero luego también lástima de que el caballo lo tirara delante de todos.



Entré al sector del almacén. Mientras esperaba, advertí el barullo que venía del despacho de bebidas, separado por una arcada, y que las voces levantaban su tono. Luego solo se escucharon dos voces alteradas y un expectante silencio alrededor. Se había armado una discusión fulera, y una de las voces era la de González. A mi turno, me despacharon la amarillenta lata de “La Patrona”. Pagué pero no me fui. Me acerqué a la arcada en el momento que González y otro paisano salían a la calle, seguidos por los restantes parroquianos. Seguí al grupo de hombres hasta la vera de las vías del ferrocarril. Quedé, con mi lata bajo el brazo, a unos metros del círculo que se había formado alrededor de los contendientes, porque ya no me cabía duda de que se iban a enfrentar.

El lance fue rápido y después de algunos envites y resoplidos, el parroquiano lo ensartó a González por debajo del ombligo, dejando un surco de sangre en sus ropas. El herido salió caminando torpemente hacia donde yo estaba, dejó caer el facón, se deshizo de la faja y se abrió la bombacha saltando los botones. Vi, con horror, que por la herida escapaban chorros intermitentes de sangre y el formato blanco de las tripas. Dio unos pasos más, se le aflojaron las piernas y cayó en medio de la calle, donde antes lo había ubicado el caballo. Nunca había visto agonizar a alguien, pero se me hizo que éste era el caso de González.

Quedé inmóvil, impresionado, observando cómo los hombres se acercaban al herido y trataban de reanimarlo, pero no fue posible. En pocos minutos el talabartero del pueblo lo declaró muerto. Emprendí el regreso a casa, casi corriendo, como si la velocidad sirviera para alejarme más rápido del episodio vivido. Mi mamá, mi abuelo y mis tías estaban en la galería, escuchando ellas el radioteatro de las once y él jugando al solitario. Comiéndome las palabras les relaté lo que había visto y vivido. Ellas se colmaron de ayes y de pobre González, era un vecino respetado. Luego le devolvieron el volumen a la radio. Las tres se habían criado en el campo, para ellas un acuchillado no era novedad. Mi abuelo levantó las cartas y barajó para una nueva tirada. Me miró y me dijo: “Hoy aprendiste mucho; todos se reían de la arrogancia de González, pero llegado el caso supo mantenerla con honor, como hombre entero”. Y siguió jugando. También esa mañana aprendí otra cosa: la importancia de que mi potrillo estuviera castrado; no parecía saludable montar caballo entero.



* Abogado y escritor.

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