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La ventanilla del miedo

Del libro MUEREN SE REPRODUCEN CRECEN Y NACEN - Bärenhaus - (2019)


PABLO LABORDE

—Apellido y nombre.

—Goso, Amílcar —susurra el muchacho.

—Señor, hable más fuerte.

—Goso, Amílcar —repite, pegándose al intercomunicador.

Y en voz casi inaudible:

—Ve-venía por el miedo.

—¿Trajo los formularios?

—Sí, sí, sí.

—¡Y pásemelos!

Amílcar se apresura a insertar los papeles por la angosta ranura inferior de la ventanilla. La delegada los agarra con desdén, mientras intercambia chistes internos con sus compañeros; chistes que no llegan a oídos de Amílcar, pero que reconoce como burlas a su persona.

—Tiene vencido el certificado de Miedos Preexistentes —inspecciona severa la agente, desordenando los formularios que él entregó en prolijo orden—. Y además usted acá marcó miedo a volar.

—Ah, sí, sí, sí —dice Amílcar con los ojos bien abiertos.

—Pero no especifica si es literal o metafórico. Y con el certificado de Miedos Preexistentes vencido, yo no le puedo pedir la Licencia de Voladura.

Amílcar mira por reflejo la ventanilla de al lado, y ve a una chica en una lucha similar: la vergüenza y la frustración a flor de piel. Y el miedo, siempre ahí, adherido a las pupilas.

Vuelve a lo suyo:

—Ah… no me dijeron que tenía que especificar, y no sabía que el certificado de Miedos Preexistentes se vencía. Porque… vio, si son preexistentes… ya vienen preexistiendo, ¿no? Y así seguirán... —Todo lo dice vacilante y con una leve tartamudez—. Pensé que el certificado era justamente para presentar en situaciones de discapacidad volitiva…

—Señor —interrumpe la mujer con desidia y tono monocorde, como explicándole a un retardado—, el certificado se renueva cada dos años. Por supuesto que no desaparecen los miedos, cómo se le ocurre —hace un gesto de contrariedad—. Siempre usted va a tener miedo. Sus miedos son eternos. Como los hielos, ¿vio? Pero si tiene menos miedo que el año pasado, es decir, si está menos imbécil —Amílcar agacha la cabeza al escuchar esa palabra—, el Sistema le quita parte del subsidio, o sea, lo va dejando desprotegido, así usted tiene más miedo y vuelve a pedir más y más certificados. ¿Se entiende? Por eso usted siempre va a tener miedo. Tiene que completar el 204e y el 204f. Los dos formularios. Tiene que poner todos los espantos, los imaginarios y los reales. Ah, y tiene que llenar también el anexo de Mieditos de Niñez: poner bien claro si se hacía pis en la cama, si se escondía en el último banco para que no lo llamen a dar lección… o en el último asiento del micro, para que no le hagan bullying los bravuconcillos. Tiene que completar todo. No sea estúpido.

Con la amplificación de ese maldito intercomunicador latoso, de seguro las palabras de la delegada llegan a oídos de la chica de al lado, y Amílcar quisiera aparecer un poco menos patético, aunque ella parezca alienada con su propio trámite, y no muy atenta a lo que sucede con él.

—Perdón —dice Amílcar, de tan pegado casi devorando el intercomunicador—. ¿Pero tengo que asentar de nuevo los miedos de la niñez y eso? Porque ya lo hice hace dos años.

—¡Por supuesto, señor!, la declaración jurada es bianual. Si usted no declara los Mieditos de Niñez, yo no le puedo extender el apto anímico de los miedos adultos. Mucho menos, de los miedos existenciales. —La mujer gira hacia su compañero de la derecha—: ¡Todo hay que explicarles… todo! —Amílcar esta vez oye perfectamente el reproche de la funcionaria, que se acerca al micrófono y continúa—: Tiene que ir al primer piso y pedir el libre deuda de Mieditos de Niñez y Pánicos de Adolescencia, ya sabe: terror a que sus papis lo agarren tocándose, a que la chica que le gusta le descubra los granos de la frente, etcétera, etcétera, etcétera… y completar el anexo. Yo ahora paso el trámite desde acá, y arriba lo llaman por apellido. Con eso completado en letra de imprenta, bien clara, vuelve acá sin sacar número. Y seguirá el trámite indefinidamente, o hasta su muerte, que será un hecho irrelevante.

—Ah, bueno, bueno, bueno —agacha la cabeza, servil, con cada “bueno”—, si usted lo dice, señora…

—Claro que yo lo digo, señooor. —La delegada remarca molesta la palabra “señor”. Se saca los lentes y se acerca al vidrio—: ¿Por qué repite todo como un pelmazo? ¿Quiere que llame a security love?

—¡No, no, no! —Repiquetea Amílcar, que agarra sus papeles y retrocede—: Security love, no.

Esquivando la mirada fulminante de la delegada, vuelve a sentarse en el salón de espera, para ordenar los papeles que la funcionaria desordenó, para ordenarse él, y también para ver qué sucede con la chica de la ventanilla de al lado. Pero al mirar hacia esa ventanilla, ya no la ve. Busca entre el gentío, en todas direcciones, y la encuentra sentada varias filas atrás, solita, separada del resto, y abstraída en sus formularios. La expresión grave y temerosa de la joven despierta en Amílcar el deseo súbito de ir a abrazarla. Espanta el pensamiento subversivo, y se acerca a ella de a poco, disimuladamente.

—Disculpame —pregunta con timidez—… está ocupado.

Como un resorte, ella recoge los papeles del asiento contiguo.

—Perdón, por favor, te pido mil perdones.

—No, no, no, por favor.

Él se sienta, y aprovecha la inercia del diálogo.

—Venís porque tenés miedo —infiere, y de inmediato se corrige—. ¡Pero qué cretino! ¡Para qué vendrías! Perdón, perdón, perdón.

—No, no, no, está bien —dice ella, con ojos erráticos—. Sí, sí, sí, se me acumularon algunos mieditos.

Y él a repetición:

—Ah, tal cual, tal cual, tal cual. A mí también...

—Vos… con todo respeto —titubea ella, que parece encontrar en él a un par con quien cotejar alguna duda—... si puedo preguntar… perdón, no quiero ser… venís para…

—No, no, no, por favor… a ver… cómo decirlo —vacila—… Bueno, ehhh… porque me quiero ir a vivir a una isla, y necesito vencer el miedo a volar —dice él, obviando cautelosamente sus miedos principales.

—Ah, mirá, mirá, mirá…

—¿Vos? —dice él—. ¿Te puedo preguntar? No te molesta….

—No, no, no… para nada —ella disimula la tensión—. En las cartas me salió que iba a conocer un hombre de verdad sólo si me animaba a salir de mi zona de confort. Y bueno, vengo a ver si puedo renovar el certificado de salida de Zona de Confort. Viste que las mujeres tenemos que dar Fe de Vida Audaz cada dos años. Lo que pasa que con los miedos y eso, me cuesta mucho, muchito.

—Ufff… ni que lo digas.

—A vos como hombre también te cuesta.

—Y sí… me cuesta, me cuesta, me cuesta —y agrega, complaciente—: mucho muchito.

Ella se sincera:

—No sé, es como que todo me da miedo. —La mirada excitada rebota una y otra vez desde los ojos del muchacho a su propio regazo—. Bah, todo no… todos me dan miedo. Bueno, en realidad, todos tampoco: los Buenos me dan miedo —dice lo último en voz baja y tapándose la boca. Y agrega—: Ya sabés… El Mundo del Amor.

—Ah, tal cual, tal cual, tal cual.

—Viste todas esas caras enojadas por la galería… Ya sé que son… Buenos —alza las cejas—, pero… ¡a mí me dan miedo igual! Soy una miedosita.

—Tenés razón lo que decís.

—Y me siento Bambi. Viste esos ciervitos que pasan la vida acosados por depredadores. A veces quisiera que me cacen de una vez y termine todo. Que me coman todas las partecitas. Que se relaman con mis huesitos, esos brutos.

En las últimas palabras, la joven parece al borde del llanto: se siente patente la bronca, la impotencia, la resignación de pertenecer a una especie frágil que no encuentra amparo en un ecosistema violento.

—Uy, perdón, no quise decir brutos… —Se excusa atemorizada, acaso temiendo que Amílcar sea un refurbished.

—No, no, no… te entiendo bien. —Se identifica él—. Y vos para qué querrías vencer los miedos.

—No, no te ofendas, pero…

Él quiere meterse en una caja. Cómo pudo preguntar semejante intimidad.

—Por supuesto —levanta la palma en señal de perdón—, disculpame, por favor, te suplico me perdones.

—Ay, perdón, perdón, perdón. No lo tomes a mal, por favor —se desespera ella—. Es que la nigromante me dijo que para tener alguna oportunidad, no debía contar nada.

—No, no, no, por favor, tenés toda la razón. No tenés nada que explicarme.

—Por favor, no te ofendas.

—No me ofendo para nada, fui un desconsiderado.

—No, pero yo fui una brusca. Brusquita fui.

—No, en absoluto, cómo te voy a preguntar eso. ¡Un atrevido!

—Insisto. Te traté mal, te hablé feíto.

—Faltaba más. Para nada, me lo merezco por irreverente. Por estúpido. ¡Qué imbécil he sido, por favor!

Podrían seguir excusándose ad infinitum, pero a ella la ansiedad la lleva a interrumpir el diálogo:

—Perdón, tengo que subir —dice, y siempre con movimientos eléctricos y rictus de pánico, recoge sus papeles y su tapadito—. Bueno, voy yendo arriba. —Hace el ademán de empezar a moverse, sin moverse.

—Sí, sí, sí —dice él, el cuerpo casi hincado, en una figura de total sumisión—. Por favor, atendé lo tuyo, por favor.

—Permiso, voy subiendo, eh —se inclina ella como una geisha.

Se dificulta la despedida por la violencia que les supone interrumpir el diálogo.

—Claro, claro, claro, por favor.

—Bueno, voy.

—Andá, andá, andá. —La impulsa él con ademanes amables.

—Listo, voy.

—Sí, sí, sí.

—Permiso.

—Por favor.

Y antes de que ella se aleje, él, atolondrado y tartamudo, pregunta:

—Perdón, có-cómo te llamás…

Sobresaltada, ella casi se tropieza con sus propios pies al querer desandar los tres o cuatro pasos que ya recorrió.

—¡Eva! —responde, agitada y expectante—. ¿Y vos?

—¡Amílcar!

Una tímida sonrisa atraviesa el semblante aterrorizado de Eva, y al instante se funde en la mueca basal de miedo y amargura. Empieza a subir los primeros escalones, dando la sensación de que en algún momento se dará vuelta para mirar a Amílcar, pero no lo hace, y termina desapareciendo en el recodo de la escalera.

Amílcar debe subir también para continuar su gestión, pero quiere esperar un tiempo prudencial, para no darle impresión a Eva de ser un cargoso. Pero no aguanta demasiado, y empieza a subir la escalera. Cuando llega al primer piso, la busca en ese enorme sector saturado de carteles que anuncian distintos trámites. Hay un murmullo constante, salpicado por los gritos de los delegados detrás de un extenso mostrador que se pierde en el horizonte. Aquí no hay ventanillas de vidrio ni intercomunicadores: en este sector llaman a los miedositos por su nombre y a los gritos:

—¡Jetrunco, Elvia!

Se pone de pie una joven pequeña y delgada. A Amílcar le recuerda a una hormiguita. Una hormiguita con cara de codorniz. No se trata de una chica fea, de hecho, es una linda y joven mujer; pero de cuerpecito minúsculo, y claramente sufridora de un pánico perenne. Siempre Amílcar hace paralelismos entre personas y animales: el agente que llamó a Elvia Jetrunco se le antoja el calco de un mono narigudo.

Amílcar se sienta a esperar, y por la cantidad de gente que colma las hileras de asientos, más la que deambula por el enorme salón, sabe que esa espera será larga. Y eso que en otra ocasión le hubiera resultado tedioso, ahora lo agradece, por la posibilidad de encontrar a Eva y seguir conversando.

Después de dos o tres recorridos visuales por el salón, por fin la descubre, taciturna, sentadita en el último asiento de la última fila. También a él se le figura un Bambi, y ya siente deseos de cuidarla, de protegerla y de quererla. Y hay algo que le regala un poco de valentía, y es que siente que Eva lo busca entre el gentío. Amílcar se da cuenta porque ella es transparente, entonces se atreve a levantar tímidamente la mano. Ella lo ve, y trata de disimular que lo buscaba, pero no puede ocultar el alivio de encontrarlo. Amílcar se enternece con esa pureza, y para aliviar a Eva, levanta más la mano. ¿Estará siendo cargoso? Ella hace un extraño y nervioso gesto, que no determina nada en particular, pero Amílcar elije pensar que quiere que él se acerque.

Y se acerca:

—No te llamaron, ¿no? —dice, poniendo el cuerpo en modo de circunspecto respeto.

—No, no, no —dice ella, modosita, y ordena sus papeles sobre las rodillas: necesita justificar sus manos. Pero también quiere dejar libre el asiento contiguo.

—Puedo... Perdón… no te molesta… —señala él ese asiento.

—Ay, sí, sí, sí…. —asiente ella—. Gracias, por favor.

—No, por favor, gracias a vos.

—No, por favor. Perdón.

Concluida la retahíla de “porfavores” y “perdones”, los dos se quedan en silencio mirándose las manos, hasta que Amílcar se atreve a continuar el diálogo:

—¿Pudiste resolver algo abajo?

—Más o menos… Me dijeron que tengo que pedir acá que me sellen el certificado de salida de Zona de Confort.

—Ah, y cómo saben ellos…

—Ellos saben todo, por la cantidad de horas de televisión, por los tickets de tren, por las comunicaciones telefónicas, las interacciones en línea… todo.

—Ah, claro, claro, claro… Bueno, pero entonces seguro que te lo dan.

Eva parece sobrepasada.

—No, estoy muy malita, no sé si me lo van a renovar.

—Pero si ya lo tuviste, por qué no te lo van a dar ahora.

—Porque lo saqué hace años, yo justo había conocido a un chico de Bien, y me sentía osada, pero el chico me dejó en cuanto se dio cuenta.

—¿De qué se dio cuenta?

Ella agacha la cabeza.

—Perdón, perdón, perdón —dice él.

Ella levanta la cabeza:

—En ese tiempito que creí que él me cuidaba, me protegía y me quería, justo me hice el análisis, y me dio 0,5 de confianza en sangre.

—¡0,5! ¡Pero te llevabas el mundo por delante! —exagera Amílcar.

—No, pero me duró poco, porque cuando él se dio cuenta que yo no era una Mujer Fuerte, me dejó. Lo que pasa que me sirvió para sacar el certificado. El problema es que vence a los dos años… y últimamente… no salí de mi octavo —dice, apesadumbrada—. Si ahora me hacen el análisis, me va a dar mal.

—Ah, entiendo, entiendo, entiendo. No sé si te sirve de consuelo, pero yo jamás salgo de mi octavo.

Ella agradece con un gesto silencioso, y se anima a más confidencias:

—Era un refurbished —confiesa—. Yo había pensado que era un hombre de verdad, pero no. Igual ahora se me suman otros miedos. Viste que a medida que crecés tenés más miedo… Bah, no sé si te pasa.

—Sí —admite él—. Me pasa, me pasa, me pasa.

Quedan unos instantes en silencio mirándose las propias manos. Por sobre el bullicio, sobresalen los gritos de los agentes del Bien detrás del mostrador:

—¡Gallo, Elba! ¡de Cabeza, Dolores! ¡Rollo, Armando! ¡Tutti, Ana Lisa!

Amílcar prosigue:

—Justamente, uno de mis miedos principales es a admitir que tengo miedo.

Ha dicho algo que nunca dijo. Hoy se siente particularmente osado.

—Ufff, sí, tal cual… Ese miedo también lo tengo.

—Lo que pasa que nos tenemos que animar, porque si no, nunca nos van a dar los certificados.

—Sí, ya sé —Eva se refriega las manos.

Amílcar siente ganas de protegerla. En este caso, de ella misma.

—Mirá, no te pongas mal. Yo estoy seguro que te va a ir bien —miente él—. No sé, es un pálpito —miente más.

Eva brota como una florcita sedienta regada después de tiempo. Se yergue, revive, y se atreve a girar hacia él.

—En serio lo decís —pregunta con los ojos muy abiertos.

—Por supuesto —sigue mintiendo.

—¡Ay, regracias, gracias, regracias! —ametralla.

—Tranquila. —Finge dominio Amílcar.

Más confiada, Eva se anima a contarle más.

—No, yo… la verdad… lo que yo quisiera…

—Sí, decime, decime, decime… (El fingimiento de aplomo no alcanza para evitar la repetición de palabras).

—Lo que pasa que… viste que ahora hay que ser fuerte…

—Ah, sí, sí, sí… —concede él, apenado.

—No, pero viste que ahora las mujeres son fuertes. Bueno, yo no sé cómo hacen… a mí no me sale.

Amílcar reflexiona:

—Mirá, para mí ahora le hacen a las mujeres lo mismo que le hacían a los hombres en la Etapa Previa… Les exigían ser fuertes y no llorar, y al final, pasó lo que pasó. Y acá, en el Mundo del Amor, si sos hombre, sólo podés ser malote o truncadito, salvo que aceptes ser refurbished o deconstructed. Yo soy truncadito, y la verdad, prefiero.

—Ah, nunca lo había pensado así. Puede ser, lo que pasa que ahora dicen que está mal necesitar al hombre… —Eva duda, parece no atreverse a decir lo que piensa. Finalmente lo hace, pero en voz muy baja y acercándose a Amílcar para que nadie más oiga—: Yo no soy fuerte… y si lo fuera, igual querría que un hombre me cuide, me proteja y me quiera. Pero un hombre de verdad, no un refurbished. Menos un deconstructed, que la verdad, me generan mucho rechazo: ¡son tan poco hombres!

De inmediato se arrepiente de lo dicho.

—Bueno, qué tonta, al final te lo dije —mira para todos lados, perseguida—. Espero que no me hayan oído.

—Qué cosa —dice él haciéndose el tonto.

—Nada, lo que me habías preguntado abajo, de por qué vengo al Ministerio del Amor.

—Ah —Amílcar simula que el motivo de Eva no lo moviliza—. Te gustaría que un hombre te cuide.

—Bueno, sí, ya lo dije… perdón, perdón, perdón —Eva se pone el índice sobre los labios sutilmente, para que Amílcar hable más bajo. Pero él está envalentonado.

—No, por favor —dice—. Un hombre puede cuidarte, protegerte y quererte.

—En serio lo decís —pregunta Eva con mirada paranoica—… Para mí sí, al menos es lo que quiero, pero ahora me piden todos estos requisitos, y al final, si consiguiera dar bien todas las pruebas… que no lo creo para nada… pero si lo consiguiera… al final, ya no encontraría un hombre de verdad. Porque qué hombre de verdad se va fijar en una chica tan fuerte. ¡Y voy a seguir sola! Seguro me pondrían en el octavo con un refurbished o un deconstructed. ¡Y yo quiero un hombre de verdad, como esos de los documentales!

Después de sincerarse, Eva afloja el cuerpo en triste resignación. Amílcar aprovecha:

—Para mí está bien lo que buscás… De hecho, yo también busco algo así. Bah, me encantaría poder cuidar a una mujer. Y dicen que las mujeres se cuidan solas, pero a mí me pasa que cuidar a una mujer me haría más fuerte. No sé, creo. Es como que al cuidarte —carraspea—… perdón… al cuidarla… a esa mujer, digo, en cierta medida, ella me estaría cuidando a mí. Porque es como que si la cuido, me siento más importante, y entonces me pongo mejor. No se… podría llegar a dejar de ser un miedosito.

—Te pondrías fuertecito —arriesga ella.

—Exacto.

Pero Amílcar baja la vista:

—Lo que pasa que no me puedo ni cuidar yo.

—Por qué decís eso.

—No sé… todo me cuesta mucho… el Sistema… el Sistema acá en el Mundo del Amor no es para mí… Todos son valientes, ¿viste? Siempre lo dicen. A mí todos siempre me dicen que son valientes y bravos. Me dicen: “Porque si hay que poner el cuerpo…”. Gritan y se golpean el pecho diciendo que tienen valor y hombría. Pero para mí las mujeres no deberían tener hombría… qué se yo… es mi parecer… Pero ahora todos tienen hombría. Menos los hombres, que son refurbished o deconstructed. O miedositos, como yo. —Y agrega a modo de confesión—: la verdad, yo siempre quise ser como esos de los documentales.

—Pero no sos refurbished ni deconstructed, yo me doy cuenta que no. Entonces todavía tenés posibilidad de… Sabés qué. —Ahora es ella la que intenta levantarle el ánimo—. Yo a veces pienso… no sé si son tan valientes. Porque ellos dicen, pero no sé. Yo no quiero ser un animal rabioso. Entonces eso me hace plantear hasta qué punto quiero vivir en el Mundo del Amor, ¿me entendés? —dice Eva casi secreteando.

—Te entiendo, sí, claro... —Amílcar la mira—. Me pasa eso: yo no puedo ser rabioso. No me sale, no hay caso. El Mundo del Amor al final me hace miedosito.

—Por eso lo de irte a una isla…

—Exacto.

—Pero…

—Lo que pasa que el Sistema nos pone malitos, pero yo pienso, ellos dicen de la igualdad, pero ponen los distintivos y te obligan a ser “igual” a la fuerza, y si no, te mandan a la hoguera del Amor —Amílcar baja la voz—: yo lo sé porque se lo hicieron a algunos que conocí. Y para mí el Mundo del Amor debería incluir también a los que somos malitos, no sólo a los Buenos... Porque ellos mismos dicen de incluir, pero si no sos como ellos dicen, o te mandan a la hoguera, o te quedás acá y te convertís en miedosito.

—¿Pero en la hoguera te prenden fuego? —Pregunta Eva aterrada.

—No sé, nunca supe si es metafórico o literal, pero creo que sí te prenden fuego. En la Etapa Previa lo llamaban muerte civil y escarnio social.

Eva se ve fascinada por lo que dice Amílcar con tanta seguridad, pero al mismo tiempo no deja de temer que él sea alguna especie de agente secreto que quiere sacarle información a ella.

—Y vos cómo sabés todo eso —pregunta temerosa.

—Porque me hicieron una excepción de agnosticismo de chiquito, y nunca fui a la Universidad del Sistema.

—Ahhh… —A Eva parece convencerla la respuesta de él—. Yo sí fui, pero no logré adaptarme, y para que me cure me mandaron al Mundo del Amor.

—Bueno —dice Amílcar como reafirmando sus teorías—: la mayoría de los miedositos no fueron a la uda.

—Bah —sigue ella—, en realidad me mandaron porque dije que quería un hombre que me cuide. ¿A vos?

—Porque dije que tenía un amigo paralítico.

—Y eso qué tiene de malo.

—Y qué tiene de malo que un hombre te cuide —dice él, con cierta euforia, acaso creyendo que eventualmente podría ser ese hombre.

—No nada… para mí.

—Para mí tampoco. Y mi amigo era de verdad paralítico. Pero me empezaron a decir “claro… el señor dice que tiene un amigo paralítico…”, que cómo discriminaba así, y que no debía llamarlo así, y un montón de cosas más. Zafé de la hoguera, pero me mandaron al Mundo del Amor a que revalide todos los certificados.

Eva asiente. Cada vez más se da cuenta de que Amílcar es como ella, no un agente secreto.

—Y vos sabés qué hay detrás de la Frontera —pregunta, cautelosa.

—Tengo una idea. De hecho creo que ahí está mi amigo Ruedas.

—¿Quién es Ruedas?

—El paralítico.

—Ah.

Un delegado empieza a llamar a los gritos:

—¡Goso, Amílcar! ¡Trámite de miedos! ¡Libre deuda de hacerse pis en la cama! ¡Bullying de compañeritos de colegio! ¡Hiperventilación en examen oral!

Amílcar se debate entre llegar rápido al mostrador antes de que el funcionario siga gritando los motivos de su trámite, o desconectarse bruscamente del diálogo con Eva. Preocupado por haberse levantado sin despedirse, se da vuelta y le hace reverencias con las palmas pegadas al pecho: “perdón, perdón, perdón”, le dice con los labios, por haberla dejado con la palabra en la boca, y en ese acto se le caen todos los papeles. Ella indica con un gesto que atienda lo suyo, y atina a ayudarlo a levantar los formularios desparramados; pero Amílcar recoge todo rápido y se acerca al mostrador.

—Sí, que tal —dice.

—¿Goso, Amílcar?

—Sí, sí, sí.

—¿Quién te puso ese nombre, el enemigo? ¡Ja, ja, ja!

—Y… más o menos —admite Amílcar, absorbiendo la bronca que le produce la impertinencia del agente del Bien. Aunque efectivamente sus padres le dieron un nombre de mierda. Y no fue la única mierda que le dieron: a veces piensa que es un miedosito porque ellos nunca le infundieron seguridad.

—Te estoy cachando, nutriente, no te enfades, ¡ja, ja, ja!

—Ah, no, no, no.

El agente agarra los papeles de Amílcar, los inspecciona con más dedicación que la delegada de planta baja.

—Escuchame… vos por qué estás pidiendo el certificado de Miedos Superados.

—No, lo que pasa que me dijeron que todos los miedos tienen concordancia, y si me dan el de Miedos Superados, se actualizaría por defecto el de Miedos Preexistentes. Porque yo quisiera sacar la… Licencia de Voladura —completa lo último temeroso.

—¿Quién te dijo eso? —pregunta el delegado, sin sacar la vista de los formularios—. Acá en motivos pusiste que te querés ir a una isla.

—Ah, sí, sí, sí.

—Mirámelo al señor. ¿Y para eso con el libre deuda de miedos de infancia y adolescencia no te alcanza?

—Abajo me dijeron que no…

—¿Ya pasaste por Teología, vos?

—No, no, no.

—Bueno primero tenés que pasar por Teología para pedir el kit eclesiástico.

—Pero a mí de chiquito me hicieron una excepción de agnosticismo.

—¿Y por qué te la hicieron de chico? Te aviso que ya no están entregando excepciones, así que no creo que te sirva de nada, la debés tener revencida. El Sistema ordena que tenés que definirte sí o sí. Es obligatorio.

—Claro, pero les dije nihilista y me lo aceptaron.

—¿Te aceptaron nihilismo? —Susurra el agente como en secreto, incrédulo y pensativo—. Ah, mirá… le voy a comentar a mi hermana… ella está mal porque es transversalita...

—A mí me costó, pero con la excepción, al menos pude vivir un poco más tranquilo.

—Pero pará, nutriente, no entiendo: si a la torta de cumpleaños le dibujaron el símbolo del Sistema, vos qué hacés.

—Y… no como.

—¿Y si te insisten para que comas una porción de la torta del Sistema?

—Les digo que me cae mal, porque los distintivos son peligrosos sin distinción.

—Y de dónde sacaste eso, vos.

—No sé.

—Hummm… No andarás pensando, ¿no?

—No, no, no —balbucea Amílcar. Y cambia de tema rápido, advirtiendo que habló de más—: el problema es que no me animo a volar.

—¿Y vos para qué querés la licencia de voladura?

—Bueno… yo… ehhh… —Amílcar no encuentra la manera de responder a eso. De hecho, le da mucha rabia que el delegado asuma que no la merece.

—Ufff… a ver… ¡qué desgracia que son ustedes! Contestame al menos una cosa: vos querés volar literal o figurado.

Amílcar piensa.

—Y…no, figurado… —Y arriesga—: Aunque si se pudiera literal...

—Ah, el señor lo quiere todo —exclama el agente—. Y miedo a qué le tenés.

Amílcar teme que pueda oírlo un tercero, y Eva es el tercero que más le importa. Por suerte ella se encuentra alejada, pero él por las dudas habla en voz baja:

—No sé… un poco miedo a todo le tengo. También tengo miedo a tener miedo. Y miedo a admitir que lo tengo.

—¡Dios, qué manteca! Escuchá, yo necesito especificar para pedir el permiso a superintendencia. Tengo que detallar bien, si no, no me lo aprueban. Y te aviso que igual demora hasta noventa días hábiles. —El agente del Bien se acerca a Amílcar por encima del mostrador—: Decime al menos un miedo bien concreto, nutriente.

—Ah… bueno, bueno, bueno… —Amílcar se retuerce las manos—. Tengo miedo a morirme.

—¿A morirte? Qué mariquita. ¿Y por qué tenés miedo a morirte?

—Bueno… como nihilista... se supone que yo pienso que si me muero se acaba todo. Y… me da miedo lo desconocido.

—Y si igual tu vida es una mierda, ¿para qué querés vivir? No hay razón para tu miedo, es un miedo infundado, porque… un suponer… si te morís, a la final se acaba la fuente de tu miedo, que sería la muerte; y mientras vivís, no hay razón de tener miedo porque nada podría haber peor que tu vida miserable. Y aunque no lo parezca, ¡ahora estás vivo! Inútil, pero vivo. ¡Ja, ja, ja! —El delegado del Amor se recompone de la risotada—. O sea, yo si querés te lo pido el permiso, pero pensalo bien, porque agotás créditos del Sistema.

—No, lo que pasa… —Amílcar piensa: le molesta cómo le habla el agente, pero al mismo tiempo debe reconocer que algo de razón tiene—. Sí, por ahí tenés algo de razón… Pero… qué se yo… por más que pienso eso que decís, el miedo lo tengo igual. Me mata la incertidumbre, viste. A veces me gustaría que me cacen de una vez y se termine todo —dice, parafraseando a Eva sin ser consciente de que lo hace—. Lo que pasa que justo conocí a alguien, y no sé… me siento intrépido.

—¿Intrépido? ¡Ja, ja, ja! ¡Qué coraje! —Se desternilla el delegado—. ¡Dios mío, ustedes me matan! —Y recomponiéndose—: a quién conociste.

—Ehhh… a una chica… y por ahí es mi última oportunidad de... de cuidar, de proteger y de querer —cada palabra es más susurrante. Y agrega con un hilo de voz—: De quererla.

—Pero de dónde la sacaste a la… “chica”. —Lo escarnece el funcionario haciendo el gesto de comillas.

Amílcar no quiere asumir que habla de Eva, porque seguro que el tipo va a desacreditar el reciente vínculo. ¿Cómo confesar que se ha enamorado de una mujer no fuerte?

—Siempre estuvo en mi cabeza —dice, con sorpresiva contundencia—. Desde la Etapa Previa.

—Pero pará, vamos por partes, dijo Jack el destripador… —bromea el funcionario—. En primera, acá no se habla de la Etapa Previa. En segunda, ¿vos me decís en instancia metafórica o literal? ¿No será un holograma tu amorcito, no? —Ojea los papeles con atención—: acá dice bien claro en el hh que sos obsesivo crónico, que te encorsetás, y prometés y prometés, que te ponés bien denso y cargoso, y que después no sabés dónde meterte.

Amílcar odia admitir que el tipo tiene razón también en eso. ¡Ese maldito Historial Holografiado! Pero al mismo tiempo, siente que esta vez es diferente. Porque Eva es diferente. Eva es como él. Con las otras chicas siempre le pasó que proyectó tanto, que las espantó. Además siempre trató con refurbisheds o strongwomans. Nunca con una mujer de las de antes, como Eva.

—No, no, no, es real —mira a Eva, que acaba de ser llamada por su nombre, y se está acercando al mostrador—. No es un holograma.

La delegada que la llamó, repite a los gritos, como si ella no estuviera ya a menos de dos metros:

—¡Sivas, Eva! ¡Trámite de pánicos crónicos y no resolución de conflictos! ¡Procrastinación patológica! ¡Tránsito lento por nervios! ¡Temblequeo cuando se enamora por temer meter la pata!

Para que la delegada no siga enumerando, Eva se apresura a pegarse al mostrador, atiborrada de papeles y sosteniendo como puede su tapadito.

Para los piojos: ¡sufrí piojito! el único piojicida que los tortura y deja morir en lenta agonía. ¡Vengá tu vida miserable!

¿El piojicida te deja agotado y sin energía?: ¡Caquita feliz! ¡comete una caquita y esssplotá de felicidad!

¿Se te pusieron los dientes marrones de comer mierda? Hacele caso a los buenos: frotátelos con amoniquito, el amoníaco amigo de tus dientes.

¿El amoníaco del dentífrico te está dando diarrea? ¡Probá con culoparribasol! el protector gástrico que te barniza las paredes del culo.

—Qué fue eso —pregunta Amílcar, descolocado.

—Qué fue qué. —El agente del Amor sigue escrutando los formularios como si nada.

—Ese locutor de los altoparlantes.

—¿Y qué va a ser? Los PNT. ¿O creés que ustedes se pagan solos?

—Ah…

Confundido, Amílcar desvía la vista al costado y ve una fuga perpetua de miedositos encorvados y adheridos al mostrador. El tipo continúa:

—Pará, no será Chica Timorata tu media naranja, ¿no? —dice, señalando a Eva con la cabeza y guiñándole un ojo a Amílcar.

—Ah, sí, sí, sí —confirma él, avergonzado—. Bueno, no le digas así —completa, en un rapto de valentía que lo asusta, valga la paradoja.

—¡Linda pareja van a hacer ustedes dos! —Sigue el dependiente—. ¡Eva Sivas y Amílcar Goso… mamma mía! ¿Qué van a hacer, se van a ir a vivir a un cajón bajo tierra? ¡Ya me los imagino, regando las plantas desde abajo! ¡Ja, ja, ja!

Dentro de Amílcar comienza a bullir un líquido denso. No precisamente manso ese líquido. El agente sorbe la flema que le aflojó la carcajada:

—Mmmjjjjjjjjjjjjrrreeescuchá… ¿vos no ves las novelas del Sistema?

—¿Eh? ¿Las novelas?

—Sí, querido, las novelas. Las de las cuatro Mujeres Fuertes, nutriente. ¿En qué mundo vivís?

—Ah, sí… vi algo —dice Amílcar mostrándose casual. Y miente—: es que en el horario que la pasan nunca estoy en mi octavo.

—¡Y si la pasan en todos los horarios y en todas la pantallas! ¡Esas son mujeres reales! ¿Por qué no tratás de curarte para algún día acompañar a una Mujer Fuerte? Digo, en vez de estar atrás de… de esta miedosita.

—Lo que pasa que no me siento cómodo con esas chicas fuertes, no las siento femeninas.

—Cómo te atrevés.

—Perdón, perdón, perdón.

—Voy a hacer de cuenta que no escuché eso, pero cuidado, eh.

—No era mi intención, señor, perdón. Lo que pasa que yo estoy truncadito y no me doy cuenta que las cuatro chicas de las novelas son mujeres reales, y fuertes. Y desde luego, verosímiles —dice Amílcar para limar el peligroso error que acaba de cometer.

En ese preciso momento, se produce el cambio de guardia de la Policía del Amor, que custodia el Bien Supremo de la Igualdad, y que patrulla las galerías observando el Orden, vale decir, que todos sean iguales, para poder reprimir al que no quiere o no puede ser igual. Una tropa de doce Mujeres Fuertes marcha por el salón. El rictus marcial y aguerrido combina con sus distintivos del color del Amor en el cuello y la muñeca. Mientras desfilan intimidantes, cantan el Himno del Amor:

Golpeamos tu puerta

traemos razón

vos pedís clemencia

te damos amor

somos la verdad

somos la razón

gloria y loor

policía del amor

Los miedositos agachan la cabeza en señal de acatamiento. Amílcar tiembla, y busca en Eva una especie de refugio, de protección. Ella no sólo no agacha la cabeza, sino que lo mira a él con firmeza, como transmitiéndole una templanza que ella misma no tiene. A medida que la tropa marcha, los miedositos se hincan reverenciales, con el terror dibujado en sus facciones. Algunos balbucean frases de la letra del himno.

El delegado del Bien que atiende a Amílcar ve pasar el cambio de guardia con una mano sobre el pecho, y cantando la letra a rajatabla. Después, se dirige a Amílcar:

—Por qué no cantás, nutriente.

—Canté, canté, canté —ametralla Amílcar, desesperado.

—Mmmm… Bueno, oíme, tomá asiento que le voy a plantear tu caso a la supervisora, a ver qué me dice, pero no te prometo nada, porque estás muy malito, vos. No creo que tengas arreglo.

—Ah, sí, sí, sí… gracias, gracias, gracias.



Amílcar procura volver al mismo asiento de antes, para que Eva lo encuentre fácil cuando termine su diligencia. Desde allí, él percibe cómo a ella le cuesta explicarse, y qué cerca está de colapsar. También divisa la desaprensión de la delegada, quien no le facilita las cosas a Eva, y no le importa nada hacerla sufrir. Hasta pareciera disfrutar sádicamente la humillación que le prodiga. Sigue bullendo ese raro líquido dentro de Amílcar. No sabe qué es. Se le antoja una especie de lava. Los hombros de Eva caen todavía más, y ella parece al borde del llanto. Amílcar está desesperado por ir a cuidarla, a protegerla y a quererla, pero se contiene. Eva gira sobre sus talones con la cabeza gacha. Cuando alza la vista, se topa con Amílcar haciéndole señas para que se acerque. Ella se acerca con andar cansino, vencida.

—Cómo te fue —pregunta él antes de que ella se siente.

Al borde del llanto, Eva dice:

—No me quieren dar el certificado de salida de Zona de Confort, porque dicen que no aprobé nunca Pánicos Crónicos y Pesadillas Recurrentes. —Se derrumba en la silla.

El líquido que bulle adentro de Amílcar, bulle más.

—Escuchame, tranquila. Yo te voy a ayudar.

¿De verdad acaba de decir eso? No reconoce esa voz. ¿De dónde salió esa voz? Al escucharlo, Eva empieza a pucherear. Se tapa la boca fruncida con el puño apretado, y por las comisuras de los ojos, literalmente, le explotan lágrimas que caen sobre los formularios. Amílcar se enternece mucho, muchito; quiere abrazarla, está a punto de hacerlo, pero sigue conteniéndose.

—Escuchame —le dice—, vos querés un hombre que te cuide.

—Sí —lloriquea—. Y enumera, casi como una nena—: que me cuide, que me proteja y que me quiera. Pero dicen que tengo que ser Mujer Fuerte, y olvidarme de cuentos de hadas. Me ordenaron ver las novelas de las cuatro mujeres que pasan por las pantallas… ¡Pero yo no puedo verlas, porque todo es muy forzado y actúan muy mal! ¡Y yo me siento como un Bambi violado! —Eva colapsa en llanto—: ¡Yo no quiero ser como los hombres! ¡Yo quiero ser una mujer como antes! ¡Sólo quiero un hombre que me quiera! ¡Un hombre de verdad!

Eva llora, y se recarga sobre Amílcar sin darse cuenta.

Él reflexiona acerca de lo que le había dicho su delegado del Bien: en rigor, si tiene miedo de morirse, y cuando se muera se acaba todo, incluido el miedo, es bastante ilógico ese miedo. Entonces piensa que quizá, y sólo quizá, si él se atreviera a volar, metafórico aunque más no sea, sin el entrenamiento ni la licencia de voladura… quizá, y sólo quizá, podría llegar a traspasar la Frontera; y en ese caso, quizá y sólo quizá, podría rescatar a Eva. Ese evento lo convertiría en hombre de verdad, dejaría de ser un miedosito, sin haber pactado nunca con ser un refurbished o un deconstructed. Pero para eso necesitaría que ella se deje cuidar, proteger y querer un poquito. Necesita al menos una muestra gratis de esa confianza. Con ese combustible, él siente que podría levantar vuelo, y hasta sacar a Eva del Mundo del Amor.

La cremosa densidad que hierve adentro de Amílcar tiene la consistencia del odio, muy opuesta al engrudo que siempre lo habitó, a la Masa Buena, esa sustancia oleaginosa y pesada que el Sistema le inocula todas las mañanas. Y esa cosa que ahora tiene adentro, pugna por salir, como un vómito. No sabe cuánto más podrá contenerla: ya siente náuseas, y las primeras arcadas.

De repente, regurgita un reflujo de esa masa mala, en lo que parece ser apenas un prólogo emético y feroz. Esa regurgitación sale en forma de poderosas palabras. Palabras firmes, directas, concretas:

—Escuchame, Eva. Basta. Yo te puedo cuidar, proteger y querer. Pero vos me tenés que dejar hacerlo. Y vos me tenés que cuidar, proteger y querer a mí.

Ya está, lo dije, piensa Amílcar, sin creérselo. Eva levanta la mirada. Los ojos húmedos, transparentes, incrédulos.

—Y tendrías que venir conmigo a la isla —completa él.

Eva se restablece de a poco del acceso de llanto. Se seca las lágrimas con un pañuelito de hilo beige bordado con florcitas amarillas.

—Pero viste que ellos nos tratan como si no existiéramos…

—Sí —dice él.

Ella lucha por contener el llanto.

—¿Y si no existimos? Me da mucho miedo. ¡Mucho muchito!

Amílcar, ahora muy aplomado, intenta hacerla reflexionar:

—Eva, escuchame: ¿a vos te parece que somos nosotros los que no existimos? ¿Vos viste lo que son las cuatro chicas de las novelas?

—Y… pero el Sistema…

—Eva, el Sistema no es real.

Esa cosa adentro del pecho le produce a Amílcar una euforia alocada, una serenidad que no conocía ni en sueños. Ya no balbucea, tartamudea ni repite palabras. Sólo dice lo que quiere decir.

—Y no te aterra... —pregunta Eva, aterrada.

—Sí, pero últimamente, menos.

—Pero no tenés miedo a traspasar la Frontera…

—Sí, tengo miedo, pero qué remedio. Y si logro cruzar, quizá ya no tenga miedo.

Ella lloriquea, dulce y frágil como una niñita desquerida:

—No sé, ya no sé qué hacer… es que no quiero cruzar la Frontera sin que un hombre de verdad me haya cuidado, protegido y querido. ¡Estoy tan confundida!

—Eva, los hombres que no aceptaron la vacunación no son como los de esas novelas de las cuatro Mujeres Fuertes.

—¡Ya sé que no! Yo los vi en los documentales. Sé que existen.

—Pero esos hombres están en extinción. Y escondidos, porque los están cazando, los meten en cautiverio, y los obligan a ser refurbished o deconstructed, y si se resisten, los queman en la Hoguera del Amor.

—¡Ni lo digas! —Rompe en llanto de nuevo.

—Escuchame, Eva. —La agarra delicada pero firmemente de los brazos—: no podemos ocultar más la verdad de lo que pasa. A mí me vacunaron de grande, porque de chico, por una cuestión familiar, me dieron una excepción de agnosticismo, y parece que no me prendió bien la vacuna, porque no hay caso, no puedo vivir en el Mundo del Amor. —Procura hablar con voz serena para no alterar más a Eva. Ni alterarse más él—. Qué pasaría si ese hombre te protegiese, te cuidase y te quisiese simultáneamente al cruce de la Frontera, sin saber a ciencia cierta qué hay detrás. Quizás ese hombre podría ser un miedosito, que en el acto de cruzar la línea, se convierte en un hombre de verdad… —dice Amílcar, sugerente.

—Y… no sé, también me aterra… —dice ella, que no parece interpretar del todo el mensaje de Amílcar—. ¡Todo me aterra!

—Pero te aterra porque no conociste a ese hombre, pero si lo conocieras.

—No sé, igual estaría aterrada.

—Pero podría ser que te animes a cruzar.

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